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jueves, 1 de octubre de 2009

Feria de subsidios

En Colombia, desde hace rato, existe un modelo mafioso para gobernar, para la distribución de la riqueza, para la perpetuación en el poder, para favorecer a grupos económicos locales y transnacionales. Es el producto de una larga herencia de desmanes y desgreño, que se ha perfeccionado en los últimos tiempos.
El caso denunciado por la revista Cambio acerca del programa oficial Agro Ingreso Seguro, que ha beneficiado a reinas de belleza e hijos de políticos, es otro más del extenso catálogo de despropósitos, tráfico de influencias y usufructo del Estado para unos cuántos que giran en la órbita del gobierno y sus aduladores.

El citado programa tiene entre sus objetivos “promover la productividad y competitividad, reducir la desigualdad en el campo y preparar al sector agropecuario para enfrentar el reto de la internacionalización de la economía”. Una Señorita Colombia resultó beneficiada con un subsidio de 306 millones de pesos para “riego y drenaje”; otra reina, para el mismo efecto, obtuvo 448 millones de pesos. Y así. Se trata de una repartija sabrosa entre ricos, pero que para los responsables de las adjudicaciones son correctas.

El listado que revela la revista indica que la distribución de los subsidios ha ido a parar a las bolsas de familias poderosas, al tiempo que se margina a los campesinos más pobres, tal vez por la idea alguna vez expresada por el ex ministro de Agricultura Andrés Felipe Arias que si a los pobres del campo les daban tierras (o como en este caso, subsidios) “se volvían guerrilleros o paramilitares”.

El cuento es que durante la administración del señor Arias, los que recibieron subsidios no reembolsables –para “reducir la desigualdad en el campo” (?)- fueron grandes empresarios del agro y millonarias familias con enorme influjo en la política regional, aunque funcionarios de Agro Ingreso Seguro digan ahora que el “programa tiene cero influencia política y priman los requisitos técnicos”.

El aumento de la pobreza en el campo colombiano es una señal clara del desastre de la política oficial. En el país rural, la población en estado de pobreza alcanza el 73 por ciento y el 27,5 por ciento está en la indigencia. Al mismo tiempo, la concentración de la tierra está en manos de unos pocos. No hay que olvidar que el proyecto paramilitar, en su estrategia de asolación del campo, contempló quedarse con las mejores tierras del país.

También se podría hacer memoria acerca del célebre caso Carimagua, cuando el hoy precandidato conservador mostró toda su inclinación por la plutocracia y no por la democracia. O sea, por el gobierno de los ricos y no por el pueblo. Su intentona era que las 18 mil hectáreas no fueran para los campesinos desplazados, tampoco para varios empresarios, sino para uno solo que pudiera demostrar ingresos agrarios por 50 mil millones de pesos en años anteriores. Una maravilla.

La feria de los subsidios agrarios deja ver, además, que se asignaron a familias poderosas que apoyaron las campañas de Uribe y de esta manera les están pagando el favorcito, así como a otros se les retribuye con notarías o con promesas de inversiones regionales. Esto es apenas una muestra del actual país pútrido y antidemocrático.

De ese país que, al decir de Fernando Vallejo, ha echado a tres millones de sus hijos, desplazado a cuatro millones que los dejó sin tierra y sin casa, un país con millones de desempleados, “cuya población vive casi toda en la desesperanza, en la miseria económica, cultural, espiritual”. Sí, un país que se lo han repartido entre unas cuantas familias oligárquicas, que lo rifan, lo venden, lo donan, incluso lo regalan al mejor postor transnacional. En efecto, desde hace tiempos se instauró un modelo mafioso de gobernar, que es el mismo que esas pocas familias desean, por encima de todas las cosas, Constitución incluida, que se mantenga por toda la eternidad.


Por: Reinaldo Spitaletta
Tomado de: www.elespectador.com
Caricatura: bacteriaopina.blogspot.com

jueves, 12 de febrero de 2009

VATICANADAS

O vaticanerías. No consigo ver a los señores cardenales y a los señores obispos trajeados con un lujo que escandalizaría al pobre Jesús de Nazaret, apenas cubierto con su túnica de pésimo paño, por muy inconsútil que fuera y seguramente no lo era, sin recordar el delirante desfile de moda eclesiástica que Fellini, genialmente, colocó en Ocho y Medio para su y nuestro disfrute. Estos señores se suponen investidos de un poder que sólo nuestra paciencia ha hecho perdurar. Se dicen representantes de Deus en la tierra (nunca lo han visto y no tienen la menor prueba de su existencia) y se pasean por el mundo sudando hipocresía por todos los poros. Tal vez no mientan siempre, pero cada palabra que dicen o escriben lleva por detrás otra pegada que la niega o limita, que la disimula o pervierte. A esto ya muchos más o menos nos habíamos habituado antes de pasar a la indiferencia, cuando no al desprecio. Se dice que la asistencia a los actos religiosos va disminuyendo rápidamente, pero me permito apuntar que también es menor el número de personas que, aun no siendo creyentes, entran en una iglesia para disfrutar de la belleza arquitectónica, de las pinturas y esculturas, de todo ese escenario que la falsedad de la doctrina que lo sustenta al final no merece.


Los señores cardenales y los señores obispos, incluyendo obviamente al papa que los gobierna, no están nada tranquilos. Pese a vivir como parásitos de la sociedad civil, las cuentas no les salen. Ante el lento aunque implacable hundimiento de este Titanic que es la iglesia católica, el papa y sus acólitos, nostálgicos del tiempo en que imperaban, en criminal complicidad, el trono y el altar, recurren ahora a todos los medios, incluyendo el chantaje moral, para inmiscuirse en la gobernación de los países, en especial aquellos que, por razones históricas y sociales, todavía no han osado cortar las amarras que sieguen atándolos a la institución vaticana. Me entristece ese temor (¿religioso?) que parece paralizar al gobierno español siempre que tiene que enfrentarse no sólo a enviados papales, sino también a los “papas” domésticos. Y digo todavía más: como persona, como intelectual, como ciudadano, me ofende la displicencia con que el papa y su gente trata al gobierno de Rodríguez Zapatero, ese que el pueblo español eligió con entera conciencia. Por lo visto, parece que alguien tendrá que tirarle un zapato a uno de esos cardenales.

José Saramago
http://cuaderno.josesaramago.org/2009/02/08/vaticanadas/