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sábado, 3 de abril de 2010

El cerebro creó la religión para evitar el estrés

Karl Marx se equivocaba cuando consideró a la religión como el opio del pueblo. En realidad, como está demostrando la neurociencia un siglo y medio después de que el filósofo alemán escribiera aquella sentencia, el destinatario de su poder analgésico es el cerebro.

Apoyados en la biología evolutiva, las últimas técnicas en neuroimagen y el análisis de residuos cerebrales, dos científicos estadounidenses explican en el libro God's Brain (El cerebro de Dios, ed. Prometheus Books ), publicado en EEUU a comienzos de marzo, cómo la experiencia religiosa libera una serie de neurotransmisores y hormonas que mitigan el estrés que sufre el cerebro ante los pequeños problemas de la vida diaria y las grandes preguntas que, desde siempre, se hace el ser humano.

"Sostenemos que el cerebro creó la religión y la idea de Dios", explica el antropólogo Lionel Tiger , profesor de la Universidad Rutger y coautor del libro. "Sospechamos que nuestros ancestros imaginaban cosas que les atemorizaban, así que, para reducir ese miedo, produjeron una idea de Dios y formalizaron las religiones", añade.

Desde mucho antes de la Ilustración, pensadores de todos los tiempos han cuestionado la sobrenaturalidad de la religión. Filósofos, librepensadores y científicos, en especial desde que se hicieron públicas las teorías de Darwin y los trabajos de Mendel sobre genética, han visto en la religión una creación humana destinada a hacer la vida en la Tierra algo más confortable. Pero no dejan de ser opiniones o teorías mejor o peor fundamentadas.

80% de creyentes

Algunos científicos, como el conocido biólogo Richard Dawkins, han acusado a los creyentes de autoengañarse o de tener sus capacidades mentales disminuidas. Con el 80% de la población mundial que se declara creyente de una de las 4.000 religiones que existen, según el libro, una explicación así deja poco margen al futuro de la especie humana. En realidad, según estos autores, el cerebro ha fabricado la religión en su propio beneficio. Y la llegada de la neurociencia y los experimentos con el cerebro han permitido conocer mejor cómo lo hace.

El neurólogo Michael McGuire , coautor del libro y profesor en la universidad californiana de UCLA, descubrió hace casi 30 años cómo estudiar el cerebro de los chimpancés por medio de los residuos de su actividad neuronal sin dañarles. Sus trabajos le permiten sostener que también tienen un sentido de lo que está bien y lo que está mal, es decir, la moral. "No es descabellado que los chimpancés tengan una idea de Dios, pero no tenemos evidencias", opina McGuire. Y no lo es porque ambas especies comparten una misma base biológica, posible origen de su moral.

Pero el impulso definitivo al estudio del cerebro lo han dado las distintas tecnologías de neuroimagen (resonancia magnética, tomografías, o magnetoencefalografía). En el repaso de los más recientes trabajos en este campo que hace el libro, se observa cómo la fe en Dios reduce los síntomas de la depresión y favorece el autocontrol mientras que la meditación mejora algunas capacidades mentales. Otro estudio también reveló que los creyentes viven más que los ateos o los agnósticos.

La causa hay que buscarla dentro del ser humano. A pesar de ser la especie más poderosa, es presa fácil del miedo y la incertidumbre. Esto genera estrés neuronal, deteriorando las dendritas y reduciendo la neuroplasticidad. Induce más de 100 cambios en el cerebro.

Según los autores, sólo la religión ofrece un bálsamo trinitario formado por la "socialización positiva, los rituales y una creencia, generalmente en la otra vida". La experiencia religiosa libera neurotransmisores como la serotonina la dopamina o la oxitocina, que dan paz al cerebro. Aunque los ateos y los agnósticos pueden combatir el estrés con actividades que recreen esta socialización, "siempre les quedará algo de dolor, a menos que crean en la otra vida", aseguran. Desde un punto de vista evolutivo, parece un suicidio no ser religioso.

Por: Miguel Ángel Criado - Madrid
Tomado de: www.desdeabajo.info

jueves, 14 de enero de 2010

Dios y la reelección

Dios, que es una invención humana (para otros, el hombre es una invención divina), sirve para todo. Para lo bueno y lo malo, según el maniqueísmo.
Su utilización en la política es de antigua data. En el nombre de Dios se han cometido las peores barbaridades y también, en su nombre, han aparecido hermosas literaturas.

Tal vez todos recordamos un perturbador artículo de José Saramago (El factor Dios), en el cual el Nobel portugués plantea, entre otros asuntos, que las religiones jamás han servido para aproximar y congraciar a los hombres, sino, por el contrario, para la perpetración de las más horrendas matanzas y violencias físicas y espirituales.

A Dios (pobrecito él) se le invoca, por ejemplo, no sólo en las constituciones políticas, sino en la comisión de crímenes, en la aplicación de censuras, en la persecución de los "infieles". O para que salve a la reina, o al rey. Se le nombra en los dólares para que bendiga a América, la gringa, no a la que está a sus pies. Los emperadores romanos eran ellos mismos dioses.

La Inquisición, autora de innumerables crímenes y arbitrariedades, fue una suerte de organización terrorista diseñada para oponerla a la libertad de conciencia, contra el derecho a la libre elección, contra los que decían no. Y todo en nombre de un Dios, al que el poder (alianza Estado-Religión) amañaba a sus intereses. Es sabido desde tiempos remotos que quienes están en el poder temporal utilizan la religión para investirse de autoridad. Y también para imponer obediencia.

A Dios lo invoca el sicario antes de ir a cumplir su macabra labor; el soldado cuando va a la guerra; el paramilitar antes de emplear su motosierra, no para tumbar árboles sino cabezas; el mendigo cuando solicita caridades; el banquero cuando obtiene sus astronómicas ganancias; el invasor yanqui cuando hizo llover napalm en Vietnam; seguramente lo invocó el tripulante del Enola Gay antes de descargar su bomba atómica sobre Hiroshima y también los que hicieron estrellar aviones contra las Torres Gemelas.

Tal vez todos recordamos las "Preguntitas sobre Dios" de Atahualpa Yupanqui: "Que Dios vela por los hombres, / tal vez sí y tal vez no, / pero es seguro que almuerza / en la mesa del patrón". Y también el Destino Manifiesto, doctrina según la cual los Estados Unidos fueron designados por la Providencia para expandirse por el continente y luego por el mundo. Bush, que se creía un elegido, la cumplió a cabalidad.

En Colombia, país en el que existen diversos dioses: el de los mafiosos y el de los pobres y el de los plutócratas, en fin, el Presidente advierte que su reelección está en manos de la Corte Constitucional, el pueblo (otro concepto manoseado y envilecido) y de "Dios, nuestro Señor". Y él, Uribe o el Mesías, sabe del poder político de Dios, del partido que se le puede sacar a la religión y la religiosidad. Sus constantes invocaciones al "Señor" son parte de una estrategia electoral. Un modo de la seducción del poder.

Tal invocación también es una manera de enviar mensajes "subliminales" a la Corte para que dé paso al referendo reeleccionista, lleno de vicios y financiado por las pirámides que dejaron en la ruina a millares de colombianos. A Dios (también al pueblo) se le pueden sacar muchos réditos políticos. Y eso lo conoce de sobra el poder y, en particular, su cabeza visible, el Presidente.

De una forma hábil y con cizaña, Uribe quiere hacer aparecer a Dios (el factor Dios) de su parte; lo mismo a un pueblo, objeto de todas las desgracias, desinformaciones y manipulaciones politiqueras. A la Corte Constitucional, claro, ya la tiene cooptada, como tiene en sus bolsillos la Procuraduría, la Fiscalía y otros organismos, en un país en el cual el Presidente no ha respetado la independencia de los poderes.

El pobre Dios a lo mejor es inocente de todos los usos y abusos que hacen de su nombre, pero, al fin de cuentas, como la canción citada "hay un asunto en la tierra / más importante que Dios / y es que nadie escupa sangre / pa´ que otro viva mejor".


Por: Reinaldo Spitaletta
Tomado de: El Espectador