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miércoles, 2 de junio de 2010

El fútbol hecho tragedia


Iba a ser un hermoso y colorido cuento de hadas. Fue una oscura y sangrienta pesadilla que terminó de sellarse el 2 de julio de 1994 con el asesinato en Medellín de Andrés Escobar. Iba a ser la victoria prevista por Pelé, el canto al fútbol lírico, la confirmación de aquel histórico triunfo contra Argentina en Buenos Aires.

Fue el dolor, la cuchillada infinita a cientos de miles de ilusos que vendieron hasta la inteligencia para presenciar la victoria, por fin, de una Selección Colombia en una Copa del Mundo. Nunc a antes un grupo colombiano de lo que fuera había concitado tanta pasión. La discusión no era cómo va a hacer Colombia para obtener la Copa, sino cómo iban a hacer los colombianos para no matarse cuando llegara el triunfo, como lo hicieron después del 5-0 a Argentina.

Jamás hubo análisis futbolísticos ni críticas. Quien se atreviera siquiera a dudar era señalado como apátrida, como si el fútbol fuera la patria. Cada uno de los 22 partidos de cartón que ganó el equipo de Francisco Maturana fue celebrado a rabiar, con profusos elogios en los noticieros de televisión y portadas a todo color de los periódicos. Los goles se repetían una y otra vez, con el “ay qué orgulloso me siento de ser un buen colombiano” de fondo. Banderas por todos lados, pelucas de Carlos Valderrama por doquier, camisetas amarillas en cada esquina. El fútbol, Maturana, Valderrama, Faustino Asprilla, Freddy Rincón, Andrés Escobar, Leonel Álvarez, Óscar Córdoba y Cía eran el tema del día todos los días y a toda hora, y el negocio del siglo, por supuesto.

Por eso, por todo aquello, y por las apuestas a favor de Colombia, y por los comentarios de los expertos en el mismo tono, y los titulares de los diarios en el mundo, y el voz a voz que, incluso, se tomó los círculos futboleros de Estados Unidos, la primera derrota colombiana en el Mundial fue mucho más que un simple bofetón. Los goles de Georghes Hagi y Raducioiu (2) en el Rose Bowl desnudaron a Colombia, pero no sólo en su fútbol. La desnudaron en su esencia, porque apenas se terminó aquel partido los rumores gritaban que varios jugadores habían apostado en contra de su propia selección, que los líderes, Valderrama, Asprilla, Rincón, ni se hablaban, que Maturana había estado a punto de agarrarse a trompadas con uno de ellos, que Rincón tenía pánico porque una bruja en el Chocó le había vaticinado una fractura en la Copa que acabaría con su carrera.

Los rumores aún no mataban. Sin embargo, cuarenta y ocho horas después del revés frente a los rumanos, los recién estrenados rumores, más las mafias que hacía 15 años manejaban al fútbol colombiano, más los apostadores, más los comentarios desmedidos de los periodistas, muchos pagados por carteles de la droga, llevaron a un sujeto o a un grupo de sujetos a quienes nunca se investigó a amenazar de muerte a Francisco Maturana si decidía que Gabriel Jaime Gómez jugaba ante Estados Unidos el 22 de junio. En medio de aquel infierno, Colombia salió a enfrentar al conjunto estadounidense. No hubo charla técnica. No hubo indicaciones. Mucho menos, arengas motivadoras. Los colombianos que salieron al campo del Rose Bowl para disputar su segundo partido en la Copa eran cadáveres andantes.

Así jugaron y así perdieron. Así fueron eliminados de la Copa. Los periodistas y los hinchas analizaron el juego desde los errores tácticos y técnicos, desde lo que vieron que ocurrió en la cancha. ¿Cómo podían jugar un partido de fútbol unos tipos a los que acababan de amenazar de muerte en un país en el que la vida no vale nada? ¿Qué concentración podían tener? ¿Qué tranquilidad? De alguna manera, guardando ciertas proporciones, y poniendo el énfasis en el posterior asesinato de Andrés Escobar, aquel partido fue como el que disputaron el Dínamo de Kiev y sus carceleros nazis durante la segunda Guerra Mundial, un juego de muerte que terminó con el asesinato de los jugadores rusos, que habían vencido a los nazis y tenían que pagar con su vida semejante afrenta.

La última escala de Colombia en USA 94 fue contra Suiza en San Francisco. Una victoria 2-0, un frío y nulo triunfo adosado por los treinta y tantos grados centígrados de aquel verano acabaron con el cuento de hadas. Las noticias reseñaron luego la sanción a Diego Maradona por doping, los distintos partidos, la final entre Italia y Brasil, el tiro penal fallado por Roberto Baggio que le dio el título al Scracht y una que otra columna que recordaba el fracaso de los colombianos. La más grave y triste de todas, no obstante, tuvo que ver poco con el fútbol. Fue fechada en la madrugada del 2 de julio. Un pistolero identificado como Humberto Muñoz Castro asesinó en la ciudad de Medellín al futbolista Andrés Escobar Saldarriaga. Nunca antes, nunca después la Copa fue tan trágica.

Por: Fernando Araújo Vélez
Tomado de: blogs.elespectador.com

domingo, 21 de febrero de 2010

La barra más peligrosa

Entre los que asistimos a fútbol hace muchos años existe un consenso y es que la verdadera “barrabrava” de todo el país es la policía. Esa fue la conclusión en la cumbre de seguridad en eventos deportivos realizada en 2008 en Medellín, y fue también una de las pocas cosas que lograron poner de acuerdo a todas las barras e hinchas de los diferentes clubes del país. Este escrito no es para hacer una apología de la violencia irracional de muchas barras, es más para mostrar con algunos casos cómo la policía no cumple su papel básico de prevención sino que se convierte en uno más de los que fomentan la violencia.

El día 7 de enero de 2010 se jugó un partido en el estadio el Campin de Bogotá para hacerle un homenaje a Edson Arantes do Nacimento “Pelé”. En las horas de la noche la prensa registraba enfrentamientos de barras antes y después del partido con el titular de prensa: “Joven perdió un ojo en disturbios ocurridos antes del homenaje a Pelé en el Campín”. Y luego dice “Con piedras, los hinchas se agredieron y le causaron lesiones en el rostro a dos de los 50 efectivos de la Fuerza Disponible, que acudieron a calmar los ánimos. Tres tanquetas utilizaron mangueras para echarles agua a los hinchas, que además fueron controlados con bombas de aturdimiento” (El Tiempo.com. Enero 18 de 2010). Y más aun, presentaron una cifra de heridos producto del “enfrentamiento” entre barras.

Dos días después entrevistan a uno de los heridos que estaba todavía en el hospital y para sorpresa de muchos “Según Jorge Enrique León (el herido), un artefacto de gas lacrimógeno de la Policía lo golpeó… Jorge dice que alcanzó a ver cuando la Policía disparó los artefactos de gas lacrimógeno de frente y que instantes después de sentir el golpe vio a sus pies cuando comenzó a salir el gas. "Yo lo vi con el otro ojo. Cuando comenzó a salir el gas, salí corriendo para que no me ahogara. Me pegó muy duro…(eltiempo.com Enero 19 de 2010). La policía agredió al joven que manifestó no ser hincha de ninguno de los dos equipos bogotanos, pero que fue al partido por ver a Pelé.

La policía no respondió ante estos hechos. “El Mayor Alexander Murcia, comandante del Esmad de la Policía, dijo que por ahora no hay una investigación porque no hay una denuncia formal, pero aseguró que es difícil que haya sido uno de los artefactos de gas el que golpeó el ojo del muchacho" (eltiempo.com febrero 10 de 2010).

El año pasado, el 9 de agosto, después de un partido entre Nacional y Tolima en la ciudad de Medellín, en un enfrentamiento entre hinchas de Nacional y la policía, un agente sacó su arma y disparó varias veces a la gente. En el video que fue presentado a secretaría de gobierno y a la personería de Medellín en el comité de seguridad que se realiza todos los martes para tratar el tema del fútbol en la ciudad, se ve claramente al policía, primero detrás de un árbol, luego con otro hincha como escudo y luego saca su revólver y dispara varias veces a la gente, a un nivel que podría darle a cualquiera de todos los que estaban en el lugar, ya que sucedió en la estación Estadio del Metro. Afortunadamente no se dieron heridos, pero no hubo tampoco pronunciamiento oficial por parte ni de la alcaldía, ni de la personería, ni del Metro, quienes acostumbran hacerlo cuando son los hinchas los culpables de algo.

En el año 2008, hinchas del Deportivo Cali, en un partido ante Medellín, fueron agredidos brutalmente por el Esmad antes de entrar al partido. Este hecho hubiera pasado desapercibido o sería solo una anécdota más del hincha que sufrió la agresión de no haber sido por dos cosas. La primera es que había una abogada de la personería cerca, que se dio cuenta de la agresión y trató de pararla, en ese momento el policía la agrede a ella también. Todo esto fue observado y grabado por cámaras de Noticias 1, que presentó ante el país la noticia: El policía agredió a un hincha sin motivo alguno y luego agredió a la abogada de personería de Medellín por tratar de parar la agresión.

Todas estas agresiones pasan a diario, no solo desapercibidas, sino que los medios de comunicación en muchos casos solo presentan la versión del Estado, en este caso de la policía. En esta versión todos son culpables y sospechosos de serlo, mientras ellos, los policías, parecen ser los adalides de la justicia. Nada más lejano de la realidad. Al parecer seguimos acostumbrándonos a lo que en el país se ha llamado “falsos positivos” que no son otra cosa que la continuación de la agresión del Estado sobre los ciudadanos y el encubrimiento de los delitos que a diario cometen.

Han sido tantos los abusos que se cometen en los estadios de fútbol por parte de la policía, desde tirarle los caballos a la gente en las filas, atropellar en las requisas, insultar a los hinchas, etc., que la barra Los Del Sur solicitó hace ya varios años la presencia de la personería en los partidos, aunque sea para que sirvan como testigos de los atropellos más fuertes. Estos sucesos no son todos, son solo algunos de los más “notorios”, faltan los que ocurren por ineficacia de un operativo policial, o por omisión estatal y que han terminado en muchos casos en situaciones muy lamentables. Con el agravante de que todos estos casos quedan en la impunidad, solo en el recuerdo y anecdotario de cada uno.

Como lo presentó el mismo diario El Tiempo, entrevistando a un agente del Esmad ante las acusaciones reiteradas por las agresiones y los delitos cometidos que llevaron a la muerte de Nicolás Neira con uso de armas no convencionales: “El capitán Julio César Devia Torrijos, ex comandante de la Primera Sección del Escuadrón Móvil Anti Disturbios, Esmad, en Bogotá, no sólo ordenaba la fabricación de municiones, cuyo uso estaba prohibido, sino que daba instrucciones para dispararlas inmediatamente en contra de estudiantes” (El Tiempo.com. Febrero 4 de 2010). Obviamente, estas situaciones no solo se dan contra los estudiantes, también contra los indígenas, contra los que protestan por el despojo de sus casas por los bancos, contra los hinchas de fútbol, contra los que se le enfrenten o simplemente contra todos los que manifiesten algo contra este régimen de muerte.

Por: Bernardo Jurado
Tomado de: periferiaprensa.org

viernes, 14 de agosto de 2009

De fútbol y violencia

¿Qué la violencia se tiene que acabar? ¡Claro que sí! Y tiene que acabarse en todas sus formas, en todos sus momentos, escenarios y desde todos los responsables. Este país cada vez más demuestra que vive un mundo al revés. Cada vez, desde hace años, se presentan más casos de violencia relacionados con hinchas de fútbol. Pero cabe resaltar que las agresiones no son exclusivamente de los hinchas y que lo que vemos hoy es un incremento de la violencia en general relacionada con los actores futbolísticos, desde los hinchas, hasta jugadores y empresarios.

Sostengo que la violencia no es del fútbol como muchos lo presentan. Ésta es propia de una sociedad con los valores invertidos, donde no importa la vida del “otro”, del semejante, donde el ser humano parece no significar nada y en este sentido quitarle su vida hace parte de la cotidianidad. Pero responsabilizar de esto al fútbol puede ser tan lejano de la realidad como pensar que se están haciendo cosas serias para solucionarlo. La gente en el estadio reproduce las condiciones en las que vive, condiciones de solidaridad, de respeto y de sobrevivencia, entre otras. O de permanente insulto y agresión. Así, cuando nos preguntamos ¿por qué alguien tiene que llevar un puñal al estadio? debemos preguntarnos también si éste en su barrio anda con algún tipo de arma, si la ha utilizado y por qué. La repuesta a las dos primeras casi siempre será sí, la de la última es más compleja. ¿Se le ha educado a esta persona para la vida y el respeto? ¿o para qué se le ha educado?

Ahora no sólo los hinchas son los causantes de los muertos en el fútbol. Este 5 de julio Javier Flores, jugador del Júnior de Barranquilla, asesinó a un hincha por que le reprochaba y le incriminaba por haber perdido la final del fútbol colombiano frente al Once Caldas de Manizales el 28 de junio. Así como los hinchas, en muchos casos de violencia en Colombia han estado involucrados los jugadores, desde asesinatos, como el pasado en Barranquilla, hasta el tráfico y consumo de drogas, líos con las mafias en el país y combos de las ciudades, detenciones por porte de armas de fuego, etc.

El tema de los jugadores no es para pasarlo rápido. En países como Argentina la provocación a las barras o hinchas presentes en el estadio puede dar varios días de cárcel o sanción económica. El jugador de fútbol se convierte, sin darse cuenta muchas veces, en ídolo de grandes multitudes, pero a la vez ha recibido todo tipo de maltratos de parte de muchos clubes. Éste mismo mes de julio se despidió del fútbol profesional en Medellín el “Tino” Asprilla, a su mejor manera, y mostrando un poco lo que ha sido su carrera futbolística y su vida personal. Entró al estadio en limosina blanca, prácticamente no vista antes en la ciudad, al menos por la mayoría de los asistentes. Faltó poco para que hiciera su arribo al estadio a caballo y haciendo tiros, como en su última detención donde hizo varios tiros con un fusil en el Valle del Cauca.

Los casos de los jugadores son diversos como víctimas o victimarios, como indefensos en muchos casos o como responsables o cómplices de muchos delitos. Podemos hablar, por ejemplo, de El “torito” Cañas, conocido no solo por su fútbol sino porque trabajaba como sicario a finales de la década del 90; el “palomo” Usurriaga, asesinado hace unos años, y Andrés Escobar, cuyo asesinato en la ciudad de Medellín cumplió ya 15 años. Siempre se ha especulado con la relación de Fredy “Totono” Grisales con combos de sicarios en Bello, Neider Morantes en Barrio Antioquia o el “choto” Cortés con “una gente” de San Pío, en Itagüí.

Si a esto le sumamos las relaciones con sus patrones naturales en el fútbol, los dirigentes, que, como se mostraba en la edición anterior de este periódico, son en muchos casos parte de las mafias de este país, obviamente saben que pueden contar con su “respaldo”. En Colombia podríamos decir que en muchos casos las menos bravas son las barras, teniendo en cuenta las características de muchos de los jugadores y dirigentes de los clubes. Ahora los hinchas, esos a los que todos los días se inculpan de todo, a los que se les atribuye la violencia en el fútbol, pasan a ser las víctimas, una vez más. La diferencia es que nadie dice que todos los jugadores son iguales y que hay que encarcelarlos a todos, esa diferencia, la generalización y la estigmatización sí es una marca que siguen cargando los hinchas, de cuenta de las autoridades y los malos comentaristas deportivos.


Por: Bernardo Jurado
Tomado de: periferiaprensa.org

viernes, 3 de julio de 2009

El mártir del "autogol"

Andrés Escobar Saldarriaga le contó una vez al periodista Gonzalo Medina por qué le gustaba el fútbol. "En este deporte queda demostrada la estrecha relación entre la vida y el juego -explicó el defensor -. En el fútbol, a diferencia del toreo, no hay muerte. En el fútbol, jugando, no matan a nadie. Es más de alegría, de diversión". Algo así le contestó María Ester, la hermana de Andrés, a su pequeño hijo Felipe, cuando su tío hizo el único autogol de su carrera, en el campeonato mundial de Estados Unidos. El niño, asustado por el ambiente de violencia que se vivía en Medellín, lanzó una extraña premonición en el estadio Rose Bowl de Pasadena: "Mami, a Andrés lo van a matar".

Y efectivamente, en la madrugada del 2 de julio de 1994, hace exactamente 15 años, el escolta Humberto Muñoz Castro, empleado de Juan Santiago y Pedro David Gallón, se encargó de contradecir a Andrés Escobar y de convertir en realidad la frase de Felipe. Con su revólver calibre 38, este hombre de Aguadas, Caldas, apodado el 'Marrano', disparó seis veces contra el futbolista en el parqueadero de un estadero al oriente de Medellín. El futbolista se había reunido allá con algunos amigos para conversar y tomarse unos tragos tras su llegada de Estados Unidos, de donde había regresado con la intención de "darle la cara al país", a pesar de que tenía planes con su familia de recorrer Norteamérica de costa a costa. En el bar, el colombiano de 27 años se encontró con un grupo que le recriminó toda la noche por su error. Andrés sólo pidió que lo respetaran, pero los insultos continuaron. La discusión se calentó y entonces el escolta intervino trágicamente con su arma.


La noticia de su asesinato, que ocurrió cuando todavía se disputaba el torneo en Estados Unidos, conmocionó al globo y ratificó a Colombia como un país enceguecido por la violencia. La selección, una de las favoritas para ganar el Mundial, no sólo había quedado eliminada en la primera ronda, sino que uno de sus jugadores emblemáticos había pagado con su vida una jugada desafortunada. Ahondaron esa mala imagen del país las hipótesis de que la muerte, más que un hecho circunstancial, se podía deber a la mafia de apostadores en el fútbol, a sicarios conectados con bandas de las comunas en Medellín, al narcotráfico o incluso a un grupo al estilo de los Pepes. Y convirtieron el desastre futbolístico en el fracaso de Colombia como Nación. Como dijo en su momento Enrique Santos Calderón, en su columna de El Tiempo, "por primera vez me sentí avergonzado de ser colombiano".

"Fue uno de los momentos más dolorosos de mi vida", recuerda Alexis García, quien tuvo que ir al día siguiente a reconocer el cadáver. "Fue tenaz mirar a ese hombre que había sido tan vital, tan fuerte, tan importante, convertido en algo inerte". Luis Fernando 'Chonto' Herrera, compañero en la selección y en Atlético Nacional, añadió: "No puede pasar que un país atropelle de esa manera a sus ídolos".

Cuando las vidas de Humberto Muñoz y Andrés Escobar se encontraron, el jugador estaba viviendo un momento importante. Estaba a punto de casarse con su novia, Pamela Cascardo, con quien llevaba cinco años de relación. Se había recuperado de una delicada lesión en su rodilla; el técnico Francisco Maturana lo había definido como el heredero natural de la cinta de capitán cuando Carlos el 'Pibe' Valderrama se retirara, y sólo faltaba una firma para que reemplazara al jugador italiano Franco Baresi en AC Milan. Ya para entonces había sido clave en dos hazañas del fútbol colombiano: la Copa Libertadores de Nacional en 1989, la primera de un club colombiano, y el regreso a un Mundial, el de Italia 90, después de casi 30 años.

Por esas situaciones, su muerte resultó aun más dolorosa e incomprensible. Además, según sus allegados, Andrés no tenía enemigos. El escritor Ricardo Silva Romero, quien publicará el 2 de julio su novela Autogol, basada en la muerte del antioqueño, argumenta que Andrés fue un personaje trágico, en algunos aspectos tan cercano a la ficción como a la realidad. "Es la única persona a la que no le ha debido pasar eso. Era buen novio, buen hijo, buen compañero de trabajo, buen tío". Se movía, además, en un equipo nacional en el que él era más la excepción que la regla, pues su responsabilidad y su compromiso chocaban con otras figuras no tan disciplinadas.

Andrés era un caballero del fútbol y un hombre generoso. En las navidades salían por los barrios de Medellín a darles regalos a los niños pobres. Además, recuerdan que detrás de su seriedad, era capaz de reírse sin descanso. Su hermano Santiago todavía sonríe al evocar un día en que Andrés no pudo contener la carcajada y se orinó en los pantalones al verlo caerse de un caballo. "Era un hombre que transmitía felicidad. Y eso se debía a una razón: Andrés trataba a todo el mundo por igual".

Santiago atesora estos momentos alegres, aunque también admite que los seis disparos siguen resonando en la vida de la familia. Hoy, el 'Sachi' lamenta no poder compartir con Andrés sus experiencias como director técnico y como padre, pues tiene dos hijos pequeños. Pamela guarda como una reliquia las medallas y las camisetas de su amor, y atiende a los Escobar en su consultorio odontológico. Darío, el padre y uno de los ídolos de Andrés, murió el año pasado de 77 años con el dolor todavía en el corazón. "Nunca entendió por qué lo asesinaron. No hablaba de él y le daba muy duro", rememora Santiago. "Murió con desazón, sabiendo que en el caso de Andrés no se hizo justicia porque quedaron muchos interrogantes". Entre ellos está que Muñoz Castro, quien debía pasar originalmente 43 años de cárcel, salió libre en 2005 por buen comportamiento tras haber cumplido sólo un cuarto de la pena, mientras los Gallón apenas estuvieron unos días detenidos luego de pagar una multa de un millón y medio de pesos.

Pero lo que es más triste es que la muerte de un futbolista tan querido por el país no haya contribuido a que haya más tolerancia y respeto en Colombia. "Nosotros como país no tenemos la capacidad de aprender de pérdidas como esas", explicó el periodista Gonzalo Medina, autor del libro La sonrisa que partió de madrugada. Silva Romero, quien recuerda que ya hay una generación completa que no conoció a Escobar, piensa de manera similar: "El día que nos acordemos de él de verdad, el día que no deje de estremecernos lo que pasó, tendremos algo más parecido a una Nación". Por eso hoy todavía están cargadas de sentido las palabras de Alexis García poco después de la muerte de su amigo del alma: "Decime, Andrés: allá en el cielo, ¿cómo es el fútbol? ¿Verdad, hermano, que allá todo es alegría? ¿Cierto, hermano, que allá uno sí se puede equivocar?".


Andrés Escobar. La sonrisa que partió de madrugada

Tomado de: www.semana.com

jueves, 16 de abril de 2009

El estadio… espacio de orden, control y criminalización

Texto publicado el Viernes, 06 de Febrero de 2009

Durante los días 5 y 6 de octubre se realizó en Medellín el “primer encuentro nacional para la seguridad y la convivencia en el fútbol colombiano”, convocado por las alcaldías de Medellín, Bogotá y Cali. Esta pone en el escenario político un problema que tiene muchísimas arandelas y a su vez devela cómo tras la propuesta de la solución a la problemática generada alrededor del fútbol, el estado tiene todo un proyecto de control y orden.

El evento mostró las diferentes posiciones frente al tema por parte de los que manejan el fútbol. Iniciemos tomando la posición de la Dimayor (División mayor del fútbol colombiano), la cual plantea como única opción la imitación de las medidas que fueron adoptadas en Inglaterra. Una de ellas es el aumento del precio de la boletería como forma para garantizar la escogencia de los hinchas y así la elitización de los asistentes y del fútbol mismo. Esta postura tiene dos formas básicas de mirarlo, primero, el económico. Acá en Colombia no hay condiciones para que una mayoría de la población pueda adquirir boletería a altos precios, mucho más cuando la mayoría de partidos cuentan con una asistencia que promedia apenas los 5.000 asistentes en las diferentes ciudades. Detrás de la propuesta del aumento de precios está todo un contenido e interés de clase, la idea de que el rico (que puede acceder a la boletería costosa) es culto y sabe comportarse, mientras el pobre es bárbaro y no puede comportarse en sociedad (por eso es mejor que no acceda a boletería). Acá entonces hay toda una idea de criminalización de la pobreza y los sectores populares.

También detrás de esta propuesta de implementación de las medidas de Inglaterra se esconde la idea eurocentrista de civilización, según la cual los europeos son los civilizados y su cultura es la única (posición expresada por Gustavo Morelli en la exposición de la Dimayor) y los latinoamericanos entonces somos bárbaros y por ende delincuentes. Esta idea de cultura universal (europea) desconoce nuestra identidad latinoamericana y, en nuestro caso específico, la diversidad cultural colombiana, pretende desconocerla y homogenizarla. Es la propuesta reinante en los que se piensan actualmente una “solución” al problema por parte del gobierno y la Dimayor.

Frente a los medios de comunicación y su aporte a la violencia en el fútbol, cosa que eluden en responsabilidad, hay que hacer varias claridades. Estos se han convertido en los jueces del acontecer nacional, incluso en el fútbol. Dan la noticia, editorializan, definen qué es delito y qué no, definen los culpables y proponen la pena, en juicio público de unos 2 minutos que dura la noticia al aire. Para ilustrar el compromiso en la violencia de los medios y específicamente los deportivos, basta con citar las palabras de Carlos Antonio Vélez en su programa de radio nacional en RCN radio, el día 22 de septiembre a las 7:30 a.m., después de los acontecimientos de violencia en el Estadio de Bogotá, cuando dijo: “a las barras hay que tratarlas como paramilitares o guerrilla… acá solo sirve la represión”. Entonces la pregunta es: ¿Hay que matar tantos jóvenes que pertenecen o van a una barra porque este señor lo dice? ¿Cuál es el delito?¿Cómo las van a acabar?

Frente a todo lo que ahora llamamos barras se evidencia una criminalización también de la juventud. “Todos los de las barras son delincuentes”, se escucha a menudo, en una estigmatización total de los jóvenes. Se dice que las barras están llenas de jóvenes y a la vez que todos los de las barras son delincuentes, entonces se vuelve algo tan general frente al fútbol que todo joven es delincuente.

Desde estos dos puntos de vista (Dimayor y medios) ser pobre, joven y latinoamericano es ser delincuente.

En el tercer punto tomaremos las posiciones de las administraciones municipales, con un ejemplo básico que muestra la forma en que se actúa desde estos gobiernos. El caso es el de la colocación de la silletería en el estadio El Campín de Bogotá y la posterior reacción de las barras que arrancaron muchas de estas en una muestra de inconformidad. En una actitud totalmente arrodillada a las sugerencias de la FIFA que en Suramérica no aplica ningún país (Se defendieron diciendo que era orden de la FIFA y solo es una sugerencia), Colombia, y en este caso el IDRD (Instituto Distrital de Recreación y Deporte) de Bogotá con la Dimayor decidieron poner silletería en todo el estadio El Campín. Hasta ahí no pasa nada raro totalmente, el problema fue cuando decidieron que de toda la silletería ubicada en las gradas, las únicas que tenían espaldar fueran ubicadas en las tribunas populares. Esto teniendo en cuenta que hace más de 10 años las barras están ubicadas en estas tribunas saltando y cantando durante todo el partido de fútbol.

La silletería se convierte en un obstáculo para caminar y en un peligro dentro de la tribuna por que es fácil tropezarse con ellas y caer escalas abajo. Por eso no fue ubicada en tribuna oriental, ni siquiera en occidental, donde la gente está sentada todo el partido. ¿Es esto una estupidez y equivocación de un funcionario público (pretendiendo una visión inocente) ó tras de esto hay una forma contundente de control y orden sobre las barras? La respuesta se hace más clara consideramos que al otro día de que las barras arrancaran la silletería, las declaraciones de los funcionarios de gobierno decían: “¿por qué tienen que brincar o saltar en la tribuna?... que se sienten y vean el partido tranquilos”.

La sociedad no es algo estático, no permanece inmóvil. A diario se crea y recrea, se construye, destruye y vuelve a construir. El fútbol siempre fue visto como algo netamente deportivo profesional, donde los únicos participantes eran los jugadores. Estos, convertidos en estrellas e ídolos, se alzaban como los estandartes de los clubes profesionales. Desde hace unos años, la gente fue adquiriendo un papel más importante dentro de este deporte, los hinchas y las barras se fueron ganando un espacio tan grande como los clubes, les profanaron el estadio. Pasaron de “ver” un partido a hacer parte de él, al menos así se siente en esta época.

La violencia en el fútbol no es un invento de las barras, la gente reproduce las condiciones en las que vive. Así el problema, primero es mucho más complejo y segundo requiere de un trabajo más amplio.

PD
No se habló acá de la policía que obviamente genera más control y violencia que estos juntos, pero este merece un artículo aparte… queda pendiente.


Por: Edwin Alejandro Pérez
Tomado de: periferiaprensa.org

viernes, 27 de febrero de 2009

No al futbol capitalista

El hombre llegó a ser homo sapiens sapiens. Un día caminaba con sus andares primitivos y su pie topó con una piedrecilla que se hallaba en su trayectoria. Esta piedra atravesó el hueco dejado por un dolmen y nuestro protagonista se sorprendió por el pequeño accidente, decidió repetir la experiencia varias veces y se dio cuenta de que no siempre acertaba en su primer y casual objetivo. La primera piedra, nunca mejor dicho, ya había sido colocada para ser la base del fútbol.
Durante la Historia de la Humanidad se practicaron diferentes juegos de pelota, quedándose en eso (actividades físicas colectivas) por la ausencia de una reglamentación, unos clubes deportivos y unas asociaciones de clubes practicantes. Fueron los ingleses en 1863 los que dieron al fútbol el nivel de deporte, al fundarse la Football Association. Durante el convulso S. XX el fútbol se implantó universalmente y consiguió atraer la atención de millones de personas, aunque a día de hoy nadie sabe exactamente el porqué de este inmenso seguimiento: espectáculo, emoción, fidelidad a unos colores... El caso es que Europa e Iberoamérica primero y poco a poco los demás rincones del planeta se impregnaron de esas razones para elevar al fútbol a la categoría de deporte rey. La esfera de los negocios seguía entonces sin aparecer por las canchas, en las que se veían futbolistas patilludos, con sus pelucones setenteros, embutidos en sus camisetas de nylon y sus mini-shorts. En aquellos tiempos, en los que nuestro amado Rayo cumplía medio siglo, se bebía vino de la bota en cada grada.

Pero no hay que olvidar el origen y expansión de este cáncer que se apoderó del balompié y que, a día de hoy, lo tiene sumido en una profunda enfermedad que, por otra parte, no se sabe como evolucionará. En paralelo al fútbol se desarrollaba un mundo bipolar y en constante tensión. Finalmente se desmembró la Unión Soviética y cayó el muro de Berlín. El bloque occidental extendió sus tentáculos a la práctica totalidad de la Tierra, que quedó a merced del capital. Estos tentáculos no son otros que la publicidad, los conglomerados mediáticos, las empresas de telecomunicaciones, la especulación urbanística, los bancos, la bolsa y otras formas de poder económico; el pulpo que los mueve habita en Norteamérica y se alimenta de dólares. Todo se hace a su imagen y semejanza en las democracias occidentales y en las nuevas democracias (Europa del Este principalmente). El fútbol, como casi todas las acciones que llevamos a cabo en nuestras vidas, no escapó de este voraz pulpo y, con D. João Havelange a la cabeza, cayó en la vorágine del dinero y su mortuoria espiral: hoy en día es raro encontrar clubes sociales y por el contrario es bastante común toparnos con sociedades anónimas deportivas. Bienvenidos al fútbol moderno.

Ahora los estadios llevan el nombre de empresas de Internet (donde dije digo digo Mallorca) o de aerolíneas de jeques árabes (donde dije Diego digo Arsenal), las ligas y los trofeos reciben la denominación de entidades bancarias y no queda hueco en las camisetas, por no hablar de los pantalones, de muchos equipos para insertar más publicidad. Ahora tener un estadio en mitad de la ciudad supone una inversión a corto plazo, si llega a otro estadio una afición muy viajera es atracada sistemáticamente, las bengalas son armas de matar y los rapados de la grada son borregos para la prensa. Ahora, nos dicen que el fútbol ya no es lo que era: que los futbolistas cobran millonadas, que los presidentes son unos especuladores y unos mafiosos y que las televisiones son dueñas de las competiciones y sus horarios. Seamos realistas: esto es completamente cierto. ¿Pero se debe al propio fútbol o a sus parásitos? ¿Ha perdido su esencia el once contra once? ¿Acaso es el cuero del balón el que negocia? Podemos afirmar con total seguridad que no, que son ciertas personas, cegadas por la avaricia y por no quedar atrasados respecto a otros clubes –quiero decir sociedades anónimas deportivas– las que recalifican y construyen las catedrales del S. XX (los estadios), buscan jugosísimos contratos de televisión y patrocinio y, a fin de cuentas, mercadean con las ilusiones de esos millones de personas que creen en la esencia de este espectáculo, sienten su emoción y son fieles a los colores de su equipo.

Si el fútbol moderno es también un negocio, que culpen al capitalismo, no a las personas que amamos, sustentamos y pagamos este espectáculo que nos hechiza. El fútbol es deporte y espectáculo antes que negocio (si bien el negocio es darse cuenta de que lo espectacular atrae a un gran público que puede pagar religiosamente). El homo sapiens sapiens descubre el placer del fútbol, hoy en día, pateando cualquier lata de refresco aplastada hacia el agujero de una alcantarilla. No piensa en el fútbol cuando realiza este acto (y mucho menos en los millones que mueve), sino que lo reinventa en un espacio nuevo y con diferentes materiales a los reglamentarios. En su diversión, en su puntería, en su habilidad, hay una pequeña esencia de este gran deporte...

En cualquier caso, como dijo Bujadin Boskov, “fútbol es fútbol” y, como dijo Diego Armando Maradona, “la pelota no se mancha”. Ni siquiera del barro que levanta de la Tierra todo el dinero del mundo.

Al Abordaje!! nº61