viernes, 2 de abril de 2010

Trece años de convicción, construyendo esperanza


Este 23 de Marzo hemos cumplido trece años, durante estos años han sido testigos mucha gente en diversas partes del mundo de las acciones que hemos sufrido por ser aniquilados. Todas las acciones de muerte que han sido generadas por los actores armados en este país las hemos sufrido: los asesinatos, las masacres, torturas, amenazas, desplazamientos, violaciones, en fin todo el cúmulo del terror.

Durante los últimos años desde la masacre de 2005, acción realizada por el ejército con los paramilitares, no ha cesado ni ahorrado esfuerzos el Estado en buscar las formas de destruirnos, el desprestigio, las judicializaciones, la mentira, distorsión, el avance paramilitar, y la muerte, son algunas de las acciones más frecuentes en los últimos días y meses.

Si miramos nuestro recorrido durante trece años, su objetivo es poder acabar la esperanza, no aquella que se construye en un más allá, sin fin y que nunca llega, sino en esa esperanza viva, que se resucita y se construye diariamente, aquella que surge de la adversidad, del dolor, del sin sentido, esa que genera cada día la fuerza pese a tota la adversidad.

Es esto lo que se ha buscado eliminar, la esperanza que es construcción de comunidad, pues ésta si es real hace posible lo imposible, nos hace solidarios, sensibles al dolor con la capacidad de hacer un mundo distinto desde nuestro hoy.

Estos trece años nos muestra pasos fuertes y fundamentales en nuestra comunidad, esencialmente la esencia para tener viva la esperanza y la conciencia en nuestras convicciones, construimos un mundo distinto en contra sentido a muchos valores de una sociedad que destruye y pasa indolente ante la muerte y el dolor.

En estos trece años hemos llegado a crear la Aldea de Paz Luis Eduardo Guerra, un lugar fruto del trabajo en comunidad, de la memoria, de la resistencia civil y en donde estas vivencias se hacen intensas, apostándole a una educación alternativa, con una forma de vida en armonía con la naturaleza, en una agricultura autosuficiente y por ende distinta a la destrucción y a la desigualdad, por una tierra colectiva.

Son muchos y muchas en diversas partes del mundo los que celebramos estos trece años de camino alternativo. Pues los que construimos y vivimos la esperanza en medio de la muerte y adversidad ,ya estamos generando comunidad alternativa y esto es lo que es nuestra Comunidad de Paz.

La lógica paramilitar avanza en la zona y en nuestro país con acciones de terror y frente a acciones como las que hacen los paramilitares durante los últimos días apareciendo en Tierra Amarilla encapuchados, armados, amenazando y requisando los carros, nosotros nos reafirmamos en las condiciones diarias de transformar vida en medio de la muerte.

En los últimos días hemos hecho la Universidad Campesina, mas de 150 personas de diversas partes del mundo y de diferentes comunidades compartimos en un diálogo de saberes, de convicciones y búsquedas por un mundo distinto desde lo agroalimentario, la energía solar, la medicina alternativa, lo cultural, voces desde diversas partes del mundo dialogando, interpelando y construyendo un nuevo saber al servicio de una comunidad global alternativa y en armonía con la naturaleza.

Ha sido el homenaje más fuerte, la resurrección mas intensa, que hemos tenido con nuestros mártires, oírlos a ellos nuevamente, hablándonos desde sus voces del silencio, escuchadas en la reflexión y el trabajo comunitario que hace un solo palpitar abierto y creyente de una esperanza transformadora en el día a día y no en vanas ilusiones.

A todos los que han estado en esa escucha de solidaridad y esperanza, desde la memoria durante estos años, nuestros agradecimientos y la invitación a seguir en las convicciones diarias por construir un mundo ya y ahora lleno de justica, verdad, transparencia esencias de una verdadera paz.



COMUNIDAD DE PAZ DE SAN JOSE DE APARTADO

Marzo 23 de 2010





Tomado de: cdpsanjose.org

¿Representa el Congo un reto para las tesis anarquistas?


El pasado verano partí hacia la República Democrática del Congo para investigar movimientos de resistencia contra las estrategias de paz oficiales que buscan la construcción del estado. Volví con demasiadas preguntas que he intentado plasmar en las siguientes líneas.

Su incoherencia es testigo del reto que ha significado entender no sólo el contexto congoleño, sino mis propias ideas sobre la organización, la resistencia, la revolución y la solidaridad. Hay muchas formas de resistencia en el Congo, pero la mayoría de las veces son en forma de supervivencia y casi nunca en forma de movimiento político y social, como las conocemos desde nuestras organizaciones y sindicatos. Pero hay más. El problema del anarquismo y el Congo es el reto que representa que esa misma resistencia tenga como objetivo la construcción del Estado. Todo esto me lleva a pensar el significado de la solidaridad, en la posibilidad de distintas formas de lucha y en si la desaparición del Estado implica necesariamente a nuestro ideal más ansiado.

La historia del Congo es trágica. Los últimos doce años han visto una guerra internacional, mal llamada la ‘Primera Guerra Mundial Africana’, pues hubiera sido mejor llamarla la Tercera Guerra Mundial. Cuando en 2006 el capital internacional y sus organizaciones llevaron a cabo las primeras elecciones democráticas, la gente votó masivamente. En el período llamado de transición, entre 2003 y 2006, los congoleños se opusieron a la rapidez con la que el capital internacional quería organizar elecciones, la gente quería tener más tiempo para organizarse, no quería que se legitimaran los principales grupos armados. Pero quería elecciones. Finalmente hubo elecciones. Ahora la gente todavía se queja de que, efectivamente, dichas elecciones legitimaron a los grupos armados, poniéndolos en el poder, y la antigua oposición que se opuso a Mobutu fue ignorada. Pero la gente quiere el Estado.

Para la gente el Estado no existe desde hace mucho tiempo. En 1970 Mobutu anunció que el Estado se retiraba, que la gente se apañara como pudiera. Por eso, la creatividad para sobrevivir es absolutamente fascinante. En el Congo verdaderamente hay una historia de heroísmo en cada persona, de desafío a todo tipo obstáculos, incluyendo una represión brutal. La solidaridad y el apoyo mutuo entre la gente han sido estrategias esenciales para sobrellevar una falta total de medios a todos los niveles, pero de una manera que han pasado a ser estrategias de una frustrante supervivencia diaria y no una inspiradora resistencia política.

Cuando una pregunta por las causas concretas de la guerra… Poca gente habla del neocolonialismo, del capitalismo o del militarismo, incluso cuando la injusticia o los recursos naturales se mencionan, todo pasa por una cosa: el problema es la ausencia del Estado. No es sorprendente entonces que la mayoría, desde el barrendero de la calle, la mujer que vende harina en el mercado, el profesor de universidad, el personal de las ONG, el oficial de las Naciones Unidas y el diplomático de turno de cualquier país coinciden en que la restauración de la autoridad del Estado, la formación de un gobierno, la reforma y restructuración de la policía y de las fuerzas armadas es, de hecho, una estrategia de paz. El Estado se erige como el único con la capacidad de construir las grandes obras públicas, con la capacidad de ejercer la autoridad necesaria para instaurar la paz social, para impartir justicia y para organizar la economía.

Hablar de la represión en Europa, de la necesidad de la organización contra el poder del capitalismo mundial… Todo suena a retórica barata de alguien que lo tiene todo. Es como si yendo al Congo con una postura anarquista una sintiera que de repente enarbola una bandera un tanto burguesa. La lucha contra el poder, la resistencia, la organización… Nada tiene sentido cuando tus hijos no han comido en varios días consecutivos, cuando no ves futuro para ellos…

¿Entonces qué tiene que ofrecer el anarquismo/ anarcosindicalismo a la población congoleña? Esta es una cuestión que nos deberíamos empezar a plantear. En este artículo un tanto desordenado y confuso, como mis propios pensamientos, no busco dar respuestas, sino crear curiosidades. Si algo puedo decir es que el anarquismo puede dar claves, herramientas para la organización y el análisis. Por ejemplo, ayudando a entender que el Estado ha existido siempre en el Congo. No el estado social y de bienestar que se implantó en Europa y ahora en proceso de desmantelamiento; no, un estado predador cuya única presencia es la represora y extractiva. Nuestras ideas siguen teniendo cabida en una sociedad que necesita armarse de valor para auto-organizarse, no como una forma de sobrevivir, sino como una aspiración de cambio y justicia social.

No obstante, creo que el anarquismo tiene que aprender del Congo quizá más que el Congo de las ideas anarquistas. A modo de boceto, mis primeras impresiones son que el narquismo es un movimiento minoritario y deberíamos actuar como tal (hablo por experiencia propia). Pensar que la resistencia al poder viene dada casi naturalmente, que la gente se auto- organiza espontáneamente y que somos seres antijerárquicos por naturaleza es auto-engañarnos. La “revolución”, dondequiera que esté, se hará sólo a base de un trabajo de organización y concienciación. El anarquismo no tiene la verdad sino una idea. Que la gente se una depende de nuestra capacidad de acción, y no de que hayamos apretado el supuesto botón que automáticamente activa el modo revolucionario anticapitalista y anti-autoritario que supuestamente todo el mundo tiene.

A nivel más colectivo, el internacionalismo que tanto proclamamos, basado en un programa (y utilizo esta palabra bien intencionadamente) bastante rígido, nos ha llevado a despreciar demasiado rápido y con pasmosa arrogancia movimientos y organizaciones que de otra forma nos hubieran podido aportar ideas y fuerzas. Pienso en movimientos de liberación, en los zapatistas, en cuántas organizaciones sindicales y sociales… O, de otra forma, si no surge una organización anarquista congoleña ¿pasamos del Congo? Si somos serios y verdaderamente más que un programa de hierro, como decía Emma Goldman, ofrecemos una puerta abierta a la libertad y a la creatividad de ser nosotras mismas, tenemos que apoyar los balbuceos de resistencia y liberación aunque no sean tan radicales y sofisticados comos los nuestros.
Este artículo no tiene conclusión. Pero sí me gustaría plantear algunas preguntas: ¿Admitiríamos como compañeras de lucha a gente que se organiza bajo un líder tribal (jerárquico y muy patriarcal)? ¿Cuánta solidaridad estaríamos dispuestos a mostrar con gente que busca el desarrollo y no la anarquía? ¿Qué conclusiones sacamos cuando, a la vista de las recientes experiencias de ‘estados fallidos’, la desaparición del estado no trae necesariamente la solidaridad y la cooperación o la organización horizontal en federaciones de industria? ¿Cuánto estamos dispuestas a aprender de y a apoyar luchas que no se parecen a las nuestras?


Por: Marta Íñiguez - Sto. OO.VV. de Madrid
Tomado de: www.cnt-ait.tv

jueves, 1 de abril de 2010

Bodas de Plomo e Impunidad / 3 de Octubre 2009 - 25 AÑOS



"Desde hace 25 años, la memoria de Luis Fernando nos ha llevado a meditar, de manera recurrente, en los sentidos y sinsentidos de su muerte. Hemos retornado multitud de veces con la imaginación a las veredas de Verdún y de Ventanas, rescatando jirones de la memoria dolorosa de aquel 3 de octubre de 1984. Hoy este sarcófago de Luis Fernando, en sus simbólicas bodas de plomo, vuelve a sacudir nuestra conciencia, a interpelar nuestras convicciones,
Gracias, Doña Fabiola, por invitarnos constantemente a leer el mensaje encriptado en estos despojos mortales: el mensaje de una dignidad humana que no se destruye con la tortura, ni con la cárcel, ni con las humillaciones y afrentas del poder, ni con la muerte más ignominiosa; el mensaje de un ideal de justicia, que aún desde las impotencias y las derrotas de sus intentos, hace brillar la superioridad ineludible de su virtud y desvela la vileza de nuestras injustas estructuras. Gracias por su constancia y por la dignidad insobornable de su caminar". Javier Giraldo, sacerdote jesuíta. Palabras pronunciadas en los 25 años de la desaparición forzada de Luis Fernando Lalinde, Medellín, 3 de octubre de 2009.

Por: Elretornocolombia
Tomado de: elretornocolombia

lunes, 22 de marzo de 2010

Veinte años después: La memoria intacta de un líder de paz y justicia

El genocidio de la Unión Patriótica: fueron asesinados dos candidatos presidenciales, nueve congresistas, 70 concejales y decenas de diputados, alcaldes y líderes políticos. Son más de 4 mil víctimas


Bernardo Jaramillo Ossa, asesinado el 22 de marzo de 1990, era candidato presidencial por la Unión Patriótica.


Bernardo Jaramillo Ossa siempre supo que lo iban a matar. Lo advirtió públicamente muchas veces y lo ratificó en sus últimas palabras a Mariela Barragán, aquella mañana aciaga en el aeropuerto El Dorado en que un adolescente de 16 años lo acribilló con una ametralladora. Ya son 20 años desde aquel jueves 22 de marzo de 1990, y su padre Bernardo lo recuerda en su casa de Manizales, como si volviera a vivir el instante en que el periodista Yamid Amat le informó por teléfono que el candidato presidencial de la Unión Patriótica estaba herido por un atentado.

Después se supo que cuatro heridas de bala segaron su vida dos horas más tarde y ese recuerdo vuelve todos los días al hogar de Bernardo Jaramillo y Nidia Ossa. “A veces se calma el dolor, pero es mentira que el tiempo cura las heridas del alma”, y permanece intacta la memoria de su hijo, desde sus horas de colegial en la Escuela Santander en que llevaba desayunos para los amigos que pasaban hambre o los días en que asumió la dirección de la UP y “todo se volvió espinoso”, hasta la tarde en que 40.000 personas lo despidieron en el cementerio Jardines de la Esperanza.

“Ese muchacho siempre fue muy inteligente y buen estudiante. La política la heredó del abuelo Bernardo, quien siempre fue sindicalista en Caldas. Yo también lo fui de muchacho y por eso nunca nos preocupó que hubiera elegido la Juventud Comunista para expresarse”, agrega el padre desde su casa en el barrio El Sol, donde Jaramillo Ossa vio llegar su adolescencia junto a su hermana Clemencia, hasta que decidió matricularse a estudiar Derecho en la Universidad de Caldas, y con su verbo y su carisma trasladó su liderazgo hasta el Consejo Estudiantil del centro docente.

Eran dos alas antagonistas. La izquierda con Jaime Jurado, los hermanos Rubén Darío y Wálter Castaño, y por supuesto Bernardo, entre otros. Y la derecha con Iván Roberto Duque, quien después emigró al Magdalena Medio y años más tarde apareció convertido en el jefe paramilitar Ernesto Báez. Más de una vez terminaron dándose con las banderas o agarrados a piedra. Pero Jaramillo era más, “era desbordante energía, era disciplina lectora, era oratoria”, como recuerda Ana Lucía Zapata, estudiante de Biología y Química, y, cómo él, militante activa de la Juco.

Se conocieron pegando afiches o pintando grafitis en las paredes; en el cine club José Martí, donde ella atendía la taquilla y él se explayaba en citas de Marx o poemas de Benedetti y Neruda; o en las fuentes de soda donde al calor de las cervezas sacaba su vozarrón para cantar tangos. Hasta que una noche salieron juntos de la universidad y antes de llegar a El Cable, por donde ella vivía, como la brisa era intensa la abrazó amistoso y averiguó si tenía novio. La siguió llamando, se enamoraron y un sábado de abril de 1977 se casaron en la iglesia San Martín de Porres, del barrio Minitas.

Primero se fueron a vivir a unos bajos por el Hospital Infantil y después el padre de Ana Lucía les regaló una casa en San Jorge. No había mucho dinero en caja menor, pero el hogar se iluminó con la llegada de Paula Tatiana en junio de 1978 y Bernardo en diciembre de 1981. Terminaron sus carreras, su colección de gatos Garfield empezó a crecer al mismo ritmo de los copartidarios, “delgado, patilludo, de pelo crespo, un día partió hacia Urabá en busca de concretar el requisito de su judicatura, se graduó después, y retornó a Apartadó para volverse el duro de los sindicatos bananeros”.

En el furor de los años 80, con experiencias de viaje por los países socialistas, con el aliciente lejano pero intacto de sus pequeños “dientes de ratón” y “Bernardo IV”, la política de Urabá lo cogió por su cuenta, promovió varias huelgas, dos veces fue personero y concejal, hasta tuvo tiempo de volverse a enamorar. Esta vez de Alba Lucía López, ex alcaldesa. Su relación con Ana Lucía Zapata pasó al plano de una respetuosa amistad, ni un solo día dejó de llamar a sus hijos o en cada regreso buscarlos para jugar ajedrez o cargarlos en hombros. Pero la militancia lo tenía reservado para grandes y afilados retos.

En marzo de 1986 fue electo representante a la Cámara por Antioquia y 15 meses después de posesionado, cuando cumplía destacada gestión en la comisión de asuntos laborales, tras el asesinato de Jaime Pardo Leal en octubre de 1987, a sus 33 años fue designado presidente de la UP. “Sé que mi vida ha adquirido un nuevo peligro, aparte del que ya tenía por ser miembro activo de la UP. Esta posición me puede costar la muerte. Mi sangre, entonces, serán nuevas gotas al sacrificio por la causa del pueblo”, comentó aquella vez como un profeta de su destino señalado.

Fueron 29 meses históricos. En cada sepelio de sus copartidarios asesinados selectivamente o en masacres nunca se cansó de señalar al paramilitarismo y sus enlaces oficiales. Regresó a los países socialistas, palpó las huellas de la Perestroika, asumió la necesidad de distanciar a las UP del accionar violento de las Farc. Y volvió a reincidir en el amor, ahora con la mayor de tres hijas del acomodado comerciante barranquillero Salomón Barragán, presidente del Club de Caza y Pesca del Atlántico. La abogada Mariela Barragán, que se hizo más que esposa, aliada de campaña.

A sus 36 años, candidato a la Presidencia de Colombia con el pegajoso lema “Venga esa mano país”, representaba una opción de paz y tolerancia. Pero a las 8:05 de la mañana del 22 de marzo de 1990, segundos después de ingresar al aeropuerto El Dorado con el propósito de viajar a Santa Marta en compañía de su esposa, pese a su nutrida escolta de 11 agentes del DAS, dos policías y dos miembros de la UP, un joven sicario le descargó una ráfaga de ametralladora. “Los hijos de puta me mataron”, fueron sus últimas palabras a Mariela Barragán. Después perdió el conocimiento.

Hacia las diez de la mañana, un boletín del Hospital de la Policía reportó su deceso. Entre gritos, sollozos y voces de protesta estalló el dolor colectivo. “Eso fue horrible, como una punzada en el corazón”, así lo recuerda a sus 82 años Bernardo Jaramillo y lo repite su esposa Nidia Ossa. “Yo me encerré en un baño a llorar y después no dejé que Paula Tatiana prendiera la radio en el carro cuando la recogí en el colegio La Enseñanza”, señala Ana Lucía Zapata. “Lo supe cuando llegamos al apartamento en Pereira”, agrega Paula Tatiana, hoy publicista y tecnóloga química.

Bernardo, el menor, tenía ocho años y estaba enfermo de paperas. Por eso ninguno en su casa viajó a Bogotá y sólo vio el cuerpo sin vida de su padre cuando lo llevaron a la Asamblea de Caldas. Hoy es abogado y, como ayer, rememora las lecciones que dejó a sus hijos el líder ausente: “Siempre nos inculcó que nunca cediéramos al miedo, que estudiáramos mucho, que tuviéramos claras las buenas costumbres que debe tener un ser humano para transitar por la vida. La familia, los ideales, la democracia con justicia. Y 20 años después yo añadiría que la lucha contra el olvido para que no se lleve a los ejemplos”.

La gente cercana lo sabe y lo asume. Ana Lucía Zapata sigue viviendo en Pereira, pero quiere convertir su casa de Manizales, con su patio sembrado de rosas, en un museo de homenaje a Bernardo Jaramillo. Y tiene para aportar su máquina de escribir y su inventario de libros. Desde el día del asesinato, en que se escondió en un baño después de escuchar de los médicos del Hospital de la Policía la letal noticia, Mariela Barragán tampoco cede en su brega. Como hace 20 años, el lunes volverá al aeropuerto El Dorado para dejar un placa que recuerde siempre el sitio exacto en que un muchacho bien vestido portando una cédula falsa consumó el crimen.

Lo reclama Bernardo Jaramillo Zapata porque ya no quiere aclarar a muchos que le presentan que “no es que tenga el mismo nombre de un candidato presidencial que mataron, sino que lleva su identidad porque es su hijo y discípulo”. Lo exige Jael Quiroga, de la Corporación Reiniciar, impulsora de la demanda contra el Estado en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por los miles de víctimas de la Unión Patriótica, porque las nuevas generaciones deben saber que Bernardo Jaramillo “fue un visionario y un demócrata que propuso el pluralismo político y democrático que poco a poco trata de abrirse paso en Colombia”.

¿En qué va el proceso en la Fiscalía?

Luego de reabierto el caso en noviembre pasado, la Fiscalía decidió declarar el homicidio del candidato Bernardo Jaramillo Ossa como un crimen de lesa humanidad. La determinación, adoptada cuatro días antes de que el asesinato prescribiera, busca establecer si detrás del homicidio hubo otros responsables además de los hermanos Fidel y Carlos Castaño, sentenciados a 18 años de prisión por ese caso. Dentro de la investigación fueron ordenadas las declaraciones del ex director del DAS Miguel Maza Márquez y la ampliación de testimonio de John Jairo Velásquez Vásquez, alias Popeye, y del ex jefe paramilitar Ernesto Báez. Asimismo, se pidió rastrear procesos disciplinarios en contra de los agentes Jorge Pedraza y Lisandro Muñoz, que formaban parte del servicio de escoltas de Jaramillo y una inspección a la Cuarta Brigada del Ejército en Medellín. En el aire pesa el comentario del padre de Bernardo Jaramillo: “Eso se sabe que fue un crimen de Estado”.

Por: Jorge Cardona Alzate
Tomado de: Elespectador.com

La Comunidad de Paz de San José de Apartado mantiene la Memoria Viva


La Comunidad de Paz de San José de Apartado mantiene la Memoria Viva

Este programa es una realización de Antimili Radio en solidaridad con las víctimas de la comunidad de Paz San José de Apartadó.
El pasado 19 de febrero la comunidad de paz de San José de Apartadó convocó a la conmemoración de las víctimas. Diferentes organizaciones sociales de Medellín y algunos medios de Comunicación Alternativa acompañamos el triste duelo donde se inauguraba en San Josecito el Parque Monumento, con el traslado de los restos de las víctimas de la masacre de febrero de 2005, que reposaban en su antiguo pueblo, San José de Apartadó. Se realizó un recorrido por las veredas de Mulatos y la Resbalosa, sitios donde ocurrió esta masacre.



Pueden descargar el audio de este programa siguiendo este enlace:

http://www.divshare.com/download/10819403-804


Esta es una invitación de AntimiliRadio y la Red Juvenil de Medellín.

Por: AntimiliRadio
Tomado de: Red Juvenil de Medellín

Una Comunidad de Paz en zona de guerra

La Comunidad de Paz de San José de Apartadó, en sus 13 años de existencia, ha sido un referente obligado en el complejo panorama que azota al Urabá antioqueño, una Comunidad de Paz inmersa en un verdadero laboratorio de guerra, una experiencia que permite dimensionar las consecuencias del conflicto en la población civil que se niega a involucrarse en él.


UNA COMUNIDAD DE PAZ EN UNA ZONA DE GUERRA

Área de Comunicaciones - Asociación Campesina de Antioquia


Ellos siempre han visto en los que han entregado sus vidas en el proceso de la Comunidad de Paz, una fuerza que los mantiene adelante y no los deja echar para atrás. Incluso en momentos muy difíciles, de mucha represión, en los que ellos han estado pensando en desplazarse definitivamente para otro lugar, lo que los ha amarrado a quedarse aquí ha sido la memoria de sus víctimas, han dicho: ´hemos pagado precios tan altos por este proceso que ya estamos en la otra orilla, donde ya no se puede echar para atrás´".
Así define el sacerdote jesuita Javier Giraldo, acompañante honesto y sincero de este proceso organizativo, los pilares que mantienen a un grupo de familias campesinas vinculadas a una propuesta de comunidad autónoma y pacífica en el Urabá antioqueño, una de las regiones más violentas del país. Una iniciativa que en el 2010 cumple trece años de existencia y que se ha visto enfrentada a toda clase de atropellos y presiones por parte de los poderes más oscuros y criminales que persiguen el dominio del territorio.
La Comunidad de Paz de San José de Apartadó declaró sus principios el 23 de marzo de 1997, en aquella época se incrementaba una violencia de tipo paramilitar ejercida en toda la región para diezmar el avance político y social de la guerrilla. Los civiles siempre fueron involucrados en una guerra que no les pertenece pero que los afecta de manera directa, porque los intereses armados se centran especialmente en el territorio que ocupan los campesinos y del cual producen su sustento desde hace décadas. Esta región fue poblada
por colonos, expulsados de otras zonas por la violencia o por la falta de tierras para cultivar, ellos abrieron la selva de los límites invisibles que separan a los departamentos de Antioquia y de Córdoba. Son las últimas estribaciones de la serranía de Abibe, territorios ricos en biodiversidad, apetecidos por los voraces intereses de las empresas trasnacionales. Las masacres, desapariciones, bloqueos económicos, bombardeos indiscriminados, ejecuciones extrajudiciales, detenciones masivas y arbitrarias, han sido las armas utilizadas en contra de los pobladores de esta región.

San José de Apartadó, 19 de febrero de 2010. Fotografía: Área de Comunicaciones - Asociación Campesina de Antioquia.

Muchos de los sobrevivientes de la barbarie y el exterminio tuvieron que salir desplazados de sus tierras, otros se escondieron en la montaña y de a poco se fueron juntando. Varias organizaciones humanitarias, eclesiales y de derechos humanos acompañaron el éxodo de los campesinos que se asentaron en los cascos urbanos de los municipios o en las cabeceras de los corregimientos. La Diócesis de Apartadó promovió la organización en Comunidades de Paz, neutrales ante la guerra y decididas a no colaborar con ninguno de los actores armados. Varias familias desplazadas de la región del Urabá antioqueño y chocoano retornaron a sus territorios y se establecieron como Comunidades de Paz, juntándose en fincas o predios comunitarios y demarcando los lugares con letreros y carteles alusivos a su condición de civiles en medio de la guerra, exigiendo respeto por su decisión de no participar en ella.

Aunque algunas de estas experiencias de resistencia civil persisten en la región, muchas de ellas fueron atacadas nuevamente, otras fueron cooptadas por los actores armados o desvirtuadas en sus principios por la mezcla entre líderes corruptos y presiones poderosas. Pero sin lugar a dudas, ha sido la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, en sus 13 años de existencia, un referente obligado en el complejo panorama que azota al Urabá antioqueño, una Comunidad de Paz en un verdadero laboratorio de guerra, una experiencia que permite dimensionar las consecuencias del conflicto en la población civil que se niega a involucrarse en él.

Aunque algunas de estas experiencias de resistencia civil persisten en la región, muchas de ellas fueron atacadas nuevamente, otras fueron cooptadas por los actores armados o desvirtuadas en sus principios por la mezcla entre líderes corruptos y presiones poderosas. Pero sin lugar a dudas, ha sido la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, en sus 13 años de existencia, un referente obligado en el complejo panorama que azota al Urabá antioqueño, una Comunidad de Paz en un verdadero laboratorio de guerra, una experiencia que permite dimensionar las consecuencias del conflicto en la población civil que se niega a involucrarse en él.
El trabajo comunitario es fundamental para las familias campesinas que hacen parte del proceso. La producción agroecológica, la educación para la resistencia, la dignificación de la memoria y la recuperación del territorio; son ejes fundamentales en la construcción colectiva que propone y desarrolla la Comunidad de Paz de San José de Apartadó. Sus
líderes históricos recuerdan con nostalgia las luchas sociales que se vivieron en la región, las organizaciones sindicales, los colectivos de trabajo, las cooperativas, la participación política y social de las comunidades. La Unión Nacional de Oposición - UNO, la Unión Patriótica - UP, son referentes políticos en la conciencia de quienes han sobrevivido al terror que se implantó en la región. Es el legado y la memoria de los sueños construidos que han plantado la semilla que hoy germina en el corazón y en las palabras de quienes componen este esfuerzo organizativo:
“Yo pienso que la Comunidad de Paz de San José es como un árbol que se cuida mucho, se pone frondoso y le salen sus retoños. Yo creo que cada retorno es un retoño de este árbol, este árbol que día a día está dando vida para todos y ejemplo para el mundo”.

San José de Apartadó, 19 de febrero de 2010. Fotografía: Área de Comunicaciones - Asociación Campesina de Antioquia.


Justamente el retorno a Mulatos, realizado en febrero de 2008, es una semilla de Comunidad de Paz que hoy florece en la misma vereda donde fue asesinado el líder Luis Eduardo Guerra, su esposa Bellanira y su hijo Deiner. La masacre, cometida por un comando del Ejército Nacional guiado por paramilitares del Bloque Héroes de Tolová, fue realizada el 21 de febrero del año 2005 y en ella también fueron asesinados Alfonso Tuberquia, su esposa Sandra Muñoz y sus hijos Natalia y Santiago, de 6 y 2 años de edad. Alfonso y su familia fueron sorprendidos por la muerte en su humilde vivienda de la vereda La Resbalosa, a dos horas de camino del lugar donde fue asesinado Luis Eduardo, Bellanira y el niño. Todas las víctimas fueron descuartizadas y enterradas en fosas comunes. Los militares siempre han negado cualquier participación en los hechos, como lo han hecho desde antes en otras masacres y en otras agresiones contra los campesinos de
la región, en especial aquellos que están organizados en la propuesta de Comunidad de Paz.
Cinco años después de los hechos, los familiares de las víctimas regresaron a la vereda Mulatos, acompañados de personas de diversos países y de representantes de comunidades organizadas en varias regiones de Colombia. Con la guía espiritual de las palabras pausadas y acordes del sacerdote Javier Giraldo, quien acompaña el peregrinar de la comunidad desde sus inicios, la delegación partió el sábado 20 de febrero desde el casco urbano de San José de Apartadó hasta las mismas veredas que fueron recorridas por el comando de hombres armados que sembraron la muerte en donde hoy germina la vida.
Luis Eduardo Guerra sintió sobrevuelos de helicópteros y bombardeos el 20 de febrero y prefirió no ir hasta Mulatos a recoger el cacao. Al día siguiente decidió no esperar más y enfrentarse con la palabra a cualquier actor armado que se encontrara en el camino. En la inhumación de los restos de las víctimas, el viernes 19 de febrero de 2010, en el caserío principal de la Comunidad de Paz, el padre Javier Giraldo se refiere a la vida y memoria de Luis Eduardo Guerra: “Nos hemos preguntado, tal vez muchas veces, si Luis Eduardo sería acaso un hombre que despreciaba la vida, pero no, si alguien defendía la vida buscando siempre estrategias nuevas de defensa era Luis Eduardo. Más bien tenía la convicción de que la vida no se podía destruir, ni siquiera con la muerte… Hoy vemos su vida como la de un verdadero líder, un líder que encarnaba lo que es la Comunidad de Paz, su muerte como una presencia viva en la comunidad, su memoria es una energía que nos infunde fuerza a todos”.
San José de Apartadó, 19 de febrero de 2010. Fotografía: Documental Amarillo.

Es que si no fuera por la fuerza de la memoria, los niños y jóvenes de la Comunidad no asumirían con tanta dignidad el proceso que sus padres y familiares han empezado hace más de una década. Por dolorosa que parezca, la historia de la Comunidad de Paz está llena de esperanza en cada uno de los rostros, los pasos y las palabras de quienes asumen este esfuerzo como una propuesta de vida, de quienes apelan a la memoria como antídoto en contra del progreso amnésico que se pretende imponer en la región.
El domingo 21 de febrero de 2010 se realizaron actos litúrgicos y de memoria en la vereda Mulatos y La Resbalosa, un caminar solemne que permitió recordar los gestos de ternura y las manifestaciones de vida que desafiaron las más macabras expresiones de muerte:
“Las confesiones progresivas de los victimarios nos han ido descorriendo el telón para mostrarnos las escenas más conmovedoras que sucedieron en la Resbalosa en aquella tarde del 21 de febrero de 2005. Desde el campo de los amigos nadie pudo contarnos realmente lo que paso allí, ni narrarnos los últimos momentos de Alfonso, de Natalia o de Santiago, han sido los mismos victimarios desde sus remordimientos y tormentos de conciencia que nos han dado acceso a lo más horrendo de aquel drama.
Nos estremece pensar en los sentimientos de Alfonso cuando regresa a su hogar con el propósito de salvar la vida de los suyos ó correr su misma suerte y encuentra su casa invadida por gente sin alma que se dedican a una macabra orgia de sangre, tiene que contemplar de lejos el cadáver de su esposa, Sandra, tendida en la cocina, mientras sus niños se le abalanzan a abrazarlo en medio de su estupor, de un estupor que su inocencia les impide valorar en sus verdaderas dimensiones. Alfonso le suplica a los victimarios, que discuten en ese momento sobre la inminente ejecución de los niños, que no vayan a cometer ese crimen y que más bien lo maten a él, entre tanto le dice a sus niños que deben prepararse para un viaje muy largo, allí se produce el último rasgo de las más fina y delicada ternura, cuando Natalia empaca algo de ropa para que su hermanito Santiago la lleve en ese misterioso viaje que ella no alcanza a comprender, con ese precioso gesto de inocente ternura se cierra la vida de Natalia, de Santiago y de Alfonso. Segundos después sus cuerpos serian desmembrados y sepultados en pedazos en aquellas dos estrechas fosas, medio escondidas en el cacaotal. Varios de aquellos esclavos de la muerte confesarían después que sintieron revolverse su conciencia y comprendieron que jamás podrían alejar de sí el tormento de esa macabra memoria”.
San José de Apartadó, 19 de febrero de 2010. Fotografía: Área de Comunicaciones - Asociación Campesina de Antioquia.

Este relato resume los hechos que se recordaron con profundo dolor en los mismos lugares donde fueron asesinados los miembros de la Comunidad, luego de cinco años de impunidad, tras demorados procesos judiciales que hoy revelan la verdad de los hechos y establecen la identidad de los responsables.
Desde hace varios años, y ante la ineficacia y estrecha relación de la justicia con los poderes que pretenden acabar el proceso organizativo, la Comunidad de Paz entró en ruptura con el sistema judicial colombiano. Han preferido trabajar en colectivo en la construcción de una manera distinta de relacionarse con la vida, con la tierra y con el pasado. Exigen respeto por su proceso, estrechan lazos de solidaridad con comunidades y personas en diversas latitudes del planeta.
Eligieron asumirse como civiles cuando pudieron haber sido parte de la guerra que se ofrece como única opción, prefirieron sembrar la tierra que disparar los fusiles.
San José de Apartadó, 19 de febrero de 2010. Fotografía: Área de Comunicaciones - Asociación Campesina de Antioquia.

El viernes 19 de febrero se realizó una marcha fúnebre desde el corregimiento de San José de Apartadó hasta el nuevo caserío donde se desplazó la Comunidad de Paz hace cinco años, después de la instalación de un puesto policial como respuesta gubernamental a la masacre. En el corto y sentido recorrido se trasladaron los restos de las ocho víctimas de la masacre, y en la noche, en una ceremonia litúrgica, las palabras del padre Javier Giraldo resumieron lo que significan, en el pasado y en el presente, estos hechos para la Comunidad de Paz:
“Hoy nuestra memoria de estos hechos llega a un umbral de esclarecimiento, de reflexión, de significados y sentidos, y acoge físicamente los despojos de estas hermanas y hermanos nuestros horriblemente sacrificados en este proceso como compañeras y compañeros cercanos, cuya presencia física va a estar recordándonos, reforzando los valores en los cuales ellas y ellos invirtieron lo mejor de sus energías vitales”.

Por: Área de Comunicaciones - Asociación Campesina de Antioquia
Tomado de: comunicaciones.acantioquia.org - cdpsanjose.org

martes, 9 de marzo de 2010

Fajardo en busca de la presidencia judicializa a la juventud en disidencia.

FAJARDO EN BUSCA DE LA PRESIDENCIA JUDICIALIZA A LA JUVENTUD EN DISIDENCIA.

AUDIENCIA DE ACUSACIÓN EN CONTRA DE JOVEN DEL MUNICIPIO DE LA CEJA POR ESCUPIR A FAJARDO

El lunes 8 de mayo a las 9 de la mañana se adelantó audiencia de acusación ante el juzgado SEGUNDO PROMISCUO de conocimiento del Municipio de LA CEJA, Departamento de Antioquia; en la cual se libró Acusación formal por la fiscalía 78 de este mismo Municipio, en contra del Joven CARLOS ANDRÉS PERÉZ MORENO quien es procesado por el delito de Injuria en contra de la persona de SERGIO FAJARDO actual Candidato Presidencial para los próximos comicios en Colombia a realizarse en el mes de Mayo de este año.

El día 21 DE ENERO el candidato presidencial se encontraba en el parque principal de este Municipio en una intervención publica, cuando se acerco CARLOS ANDRÉS quien sin intermediar palabra procedió a escupirlo; en ese momento fue retenido violentamente por personal de la policía nacional y escoltas del candidato y trasladado a la estación de policía, posteriormente puesto a disposición de un fiscal quien lo llevo ante el juez de garantías.

El joven CARLOS ANDRÉS, tiene 20 años de edad; es oriundo del mismo municipio y quien se dedica a la artesanía desde hace años, ha venido participando de manera activa desde hace algunos meses en procesos organizativos de jóvenes.

La RED JUVENIL DE MEDELLÍN, como organización que promueve, vela y exige los derechos humanos de la población juvenil acompaña este caso, y espera que las garantías procesales y los derechos fundamentales sean respetadas para este joven, e igualmente quiere dejar mención especial de lo siguiente:

* Casos como estos llaman especial atención al mostrar como la administración de justicia desgasta todo su aparato judicial en casos que realmente no tienen mayor importancia; cuando las verdaderas problemáticas y ejercicios de delincuencia que rodean de manera permanente a la mayoría de la población no son atendidas. Como puede ser posible que la administración de justicia se desgaste en un caso como estos?, mientras la impunidad y el vencimiento de los términos procesales se presentan con frecuencia en casos realmente graves.

* Llama especial atención este caso cuando da muestra de una absoluta celeridad y eficiencia de la administración de justicia; ¿cómo es posible que casos como estos cuenten con la mayor disposición de tiempo?; que la audiencia de juicio se presente en el menor tiempo posible, pues de unos hechos ocurridos 25 de enero del 2010 se cita para audiencia de acusación el 8 de marzo.

*
Como puede ser posible que un candidato presidencial sea capaz de iniciar un proceso penal y judicializar a una persona simplemente porque manifiesta su disidencia de su proyecto político; tal vez no lo hace de la manera mas diplomática, pero no queda bien visto, que promueva la judicialización de esta manera; menos cuando en la misma audiencia la fiscal manifestó que no había intención de conciliar y que el mismo Fajardo fue enfático en su interés de continuar con el proceso.

*
Carlos Andrés, no sabía que la pena que le podrían imponer fuera a ser hasta de siete años. Este joven actuó impulsivamente y no con la premeditación con que se efectúan toda clase de delitos en Colombia. Si bien es cierto, hubo un agravio en la honra de una persona, es el hecho de que ésta sea una figura pública la que superó la trascendencia del hecho e hizo que la sanción a la conducta de Carlos no fuera solo un reproche de tipo moral o social, sino la imposición de una pena privativa de la libertad.

Creemos que estos hechos no son equiparables y que con la imposición de la pena no se logra una retribución justa: Las penas deben ser moderadas y proporcionadas y en este caso, la pena máxima que se podría imponer no se justifica por la conducta acelerada e inconsciente de este joven disidente.

Qué va a resocializar la cárcel a una persona que sobrevive como artesano y apenas cumple los 19 años, que no tiene una carrera delictiva ni hace parte de ninguna banda criminal, no es la prisión el lugar para redimir las culpas de delitos tan banales. Además, la cárcel tampoco reeduca, más bien es la más avanzada universidad del crimen y la delincuencia.

Sin embargo, bajo irresponsables argumentos de fiscales como “es mejor castigarlo ahora para evitar que lo maten más tarde”, se desarrolla un proceso penal que finaliza en el encierro de personas que no son propensas al crimen y que por el contrario, allá adentro aprenden conductas ilegales que nunca en la calle las hubieran podido aprender con tanta proximidad.

Este sistema penal colombiano parece más un procedimiento que como con “la ley del Talión: ojo por ojo, diente por diente” se funda en desproporcionadas venganzas que no reflejan intereses humanistas que busquen rehabilitar a delincuentes y prevenir delitos.

Por último, consideramos que aquí no hay necesidad de imponer una pena, en primer lugar porque no consideramos ésta una conducta peligrosa, y en segundo lugar, porque Carlos no solo ha sido objeto del derecho penal, sino que ha sido víctima de persecuciones, y señalamientos, además de que los policías que lo aprehendieron ese día lo torturaron, ocasionándole traumas en la cabeza, oreja derecha, manos, pecho, muslos y piernas. ¿Será que aun es necesario castigarlo?, ¿acaso ya no es suficiente para este joven todas las consecuencias que ha tenido que asumir por su actuar vehemente?

Condénanos y repudiamos los procesos de judicialización en contra de la población juvenil, así como la estigmatización de la que son objeto permanentemente por parte de las instituciones del Estado.


RED JUVENIL DE MEDELLÍN.


Tomado de: www.redjuvenil.org

lunes, 8 de marzo de 2010

Soy sobreviviente.




SOY SOBREVIVIENTE
Soy india, wuacha y loca

soy negra, gitana, judía y palestina

Peruana, boliviana y migrante

Soy mestiza, latina y blanca.

Soy sobreviviente.

Soy pobre, pobladora, trabajadora

cesante, ambulante y explotada.

Soy puta, vendo flores por las noches,

pido limosnas y canto en las micros.

Coso ajeno, lavo ajeno, limpio ajeno,

pero soy propia y rebelde.

Soy sobreviviente.


Soy niña, jóven, adolescente y vieja.

He sido monja para no casarme

Me he matrimoniado para salir del yugo paterno

He abandonado a un hombre para no ser esclava

Soy sobreviviente.


Soy okupa, activista, anarquista, pensadora, escritora…

y otras veces, me hago la tonta...

Soy terapeuta, comunicadora, monitora y autodidacta

Soy ecologista, pacifista, animalista, vegetariana y vegana

Y otras veces doy la guerra con uñas y con dientes

porque soy sobreviviente.


Soy lesbiana, maraca, amante de un hombre o de varios

Amo, deseo, quiero y desespero…

Visto señido, corta la falda, escote abierto…

O no muestro nada

¡No porque No!

Y No ¡porque No es No!

Tapada

para que no me vean

para que no me acosen

para que no me vendan y me compren

para que no vean quién de verdad soy

Aunque soy quien soy

y la que quiero ser, soy.

Estoy viva, lo confieso

Soy sobreviviente.

No he ido de blanco, jamás

no me sienta, no es mi color

me invisibiliza, me absorve, me devora

No he usado tacos altos, nunca

me caigo, me enlentecen, me enferman, me idiotizan

Soy defectuosa, no me caso, no me embarco, no me someto

Soy madre, sola y sexual.

He abortado porque he querido

He parido porque me han obligado

He parido por deseo propio

He parido y he aprendido a amar

Vivo sola, a mí me tengo, conmigo me basto y no me sobro

Soy sobreviviente.


Amo la tierra, la luna, las bestias y a las diosas

Soy bruja, divina, urbana, campesina, hipi y volada

Soy rockera, romántica, folclórica y popular

Soy roja, negra, rojinegra y sobretodo morada.

He sido golpeada, torturada, abusada y violada

He sido presa política, rea común y mujer maldita

Soy sobreviviente.


Soy perseguida, culpabilizada, juzgada,

condenada, burlada y calumniada

He sido quemada, odiada, temida y avistada.

He sido ignorada, negada, obviada

y eliminada de la Historia, de la Ciencia y de la Filosofía.

Pero soy sobreviviente.


He sido trastocada, distorsionada, olvidada, difuminada

Se han cooptado mis palabras y mis símbolos

Se han confundido mis ideas

Se han experticiado mis pensamientos

Se han psicologizado mis propuestas

Se han vaciado mis consignas

Se han aprovechado de mis luchas

Pero, quieranlo o no, soy feminista, radical y autónoma

porque soy sobreviviente.



Un poema de la Victoria Aldunate

viernes, 26 de febrero de 2010

Voces de la violencia Antisindical en Colombia: 9 testimonios de víctimas de la Estrategia Estatal y multinacional

testimonios de 9 de las víctimas de una Estrategia de muerte a sindicalistas, que busca acallar la reivindicación social: II Encuentro Nacional de Víctimas de la Violencia Antisindical, febrero 2010
A continuación se presentan los testimonios de nueve de las víctimas que en los últimos años ha dejado la violencia contra sindicalistas en Colombia, los cuales fueron escuchados en una de las sesiones del II Encuentro Nacional de Víctimas de la Violencia Antisindical en Colombia, organizado por la CUT y la ENS en Medellín los días 4 y 5 de febrero pasado.

9 de cada 10 militantes sindicales que son asesinad@s en el mundo son de Colombia y caen a manos de la patronal, ya sea a través de su herramienta paramilitar o del Estado a su servicio


Aidé Moreno

En los últimos 16 años vio caer asesinados a manos de sicarios paramilitares a su esposo (Evaristo Amaya), a su madre y a un hermano. Los tres eran miembros del Sindicato Agrario del Meta.

“Yo nací y me crié en el campo, lo mismo que mi esposo Evaristo Amaya, un hombre que fue ejemplar durante toda su vida, pero desafortunadamente los enemigos de la paz lo asesinaron. Yo quedé viuda con un hijo de 5 años y con 4 meses de embarazo. Cuando empezaron los asesinatos de dirigentes sindicales en el Meta yo pensé que no nos iba a tocar a nosotros, pero cuando empezamos a ver motos rodeando la casa con hombres armados, ya sí vimos la muerte cercana. Mi esposo tuvo la valentía de decirme un día: Negra, a mi me van a matar, tiene que ser conciente de eso porque sino a usted también la matan. Cuando lo asesinaron, en 1994, yo pensé que de ese golpe no iba a levantarme, pero me levanté y ahí empezó mi pelea con la Fiscalía y el DAS para que esclarecieran el crimen. Fue inútil.

No sólo no lo investigaron sino que se nos vino otra tragedia encima: el 30 de septiembre del 2000 asesinan a mi mamá, que era líder en la vereda, defensora de los campesinos, miembro de la Unidad de Mujeres Demócratas y militante del Partido Comunista y del Sindicato Agrario. La mataron por denunciar los atropellos que nos hizo la Fuerza de Despliegue Rápido del Ejército, que nos mataron un cerdo, tirotearon la casa y se llevaron unas motosierras. La mataron dos paramilitares en la sala de su casa, en presencia de mi hijo de 4 años, hecho en el que también murió el esposo de una sobrina mía. Por eso el Gobierno no puede decir, como lo ha dicho, que el crimen fue una equivocación, que no iban por ella. Cuatro años después, todavía sin reponernos de la muerte de mamá, asesinan a mi hermano Oscar, estudiante universitario y también miembro del sindicato agrario del Meta. Dos hombres llegaron a su casa y lo asesinan frente a su esposa, que por eso quedó afectada sicológicamente. Este crimen lo denunciamos a la OIT, pero perdimos el caso porque, según la justicia, mi hermano nunca denunció que lo iban a matar y por tanto no había cómo adelantar el proceso. Sin embargo nosotros seguimos en la lucha por esclarecer los crímenes contra mi familia, por lo que fuimos amenazados tuvimos que salir desplazados para Bogotá. Pero allá también recibimos amenazas y nos tocó cambiar varias veces de casa. Esta lucha mía por tratar de que estos crímenes no queden impunes, me ha llevado a denunciar los hechos en muchos estrados nacionales e internacionales, e incluso en el Senado de la República. Porque no nos podemos callar, ya que somos muchos los que vivimos la misma tragedia”.

Margarita Escobar

Esposa de Eliécer Valencia Oviedo, docente y presidente del Sindicato Único de Trabajadores de la Educación del Valle, asesinado en Tulúa el 21 de agosto de 2004. Le sobreviven 3 hijos.

“Mi esposo era un hombre de prestigio y muy querido por la gente, porque le ayudaba mucho a la comunidad. Tenía 47 años cuando lo asesinaron, 26 de ellos como educador en el Gimnasio del Pacífico de Tulúa. También era profesor de cátedra en la Universidad del Valle. Había sido declarado objetivo militar por los paramilitares por no comulgar ni estar de acuerdo con los atropellos y las injusticias, por luchas que había liderado en el pueblo por mejores servicios públicos, salud y en el tema de los desplazados, y por las denuncias que hacía en los medios locales por hechos de corrupción en el municipio. Justo el día en que lo asesinaron había hecho su última denuncia. Fue acribillado por sicarios en la puerta del apartamento donde vivíamos. El caso lo investigó un fiscal de Derechos Humanos y pasó luego al Juzgado 56 de Bogotá, que a mediados del año pasado dicto sentencia condenatoria contra los paramilitares Elkin Casarrubio y Ever Velosa, que confesaron el crimen. También obligó a indemnizar a la familia, pero hasta ahora yo no he reclamado nada porque no sé cómo es el proceso de indemnización, por eso busqué la ayuda de la CUT. Yo sé que no hay plata en el mundo con que reparar el dolor y el daño que nos causaron, pero me parece injusto que si ya se esclareció el crimen el gobierno lo repare, aunque sea con plata. También estoy promoviendo un acto por la memoria de mi esposo en la plaza de Tulúa, para reivindicar y limpiar su nombre, porque por mucho tiempo se mantuvo la versión de que fue asesinado por lío de faldas, y ya se sabe que lo mataron los paramilitares por ser sindicalista y líder social”.

Ulises Rengifo

Miembro de Sintraestatales en el departamento de Cauca. Fue víctima de secuestro con fines homicidas por parte de un grupo paramilitar. La movilización de sus compañeros le salvó la vida.

“El 24 de noviembre de 2004, siendo funcionario en los talleres editoriales de la Gobernación del Cauca, fui abordado por tres hombres con distintivos del CTI. Llegaron a mi oficina y me dijeron que necesitaban aclarar una querella que había contra mí. Ya dentro del carro en el que me llevaron, un auto rojo con vidrios polarizados, se quitaron los distintivos y me dijeron que no eran del CTI sino paramilitares. Usted es un jefe guerrillero y lo vamos a matar, me dijeron. Mi intención inmediata fue volarme, pero me doblegaron, me esposaron y me taparon la cabeza con un trapo. No había avanzado el carro tres cuadras cuando, no sé por qué, se devolvió en contravía, paró un momento y uno de los hombres salió. Eso me salvó la vida porque un compañero de la oficina me alcanzó a ver adentro con la cabeza tapada, y de inmediato lanzó la alerta. Los hombres me llevaron a una casa en las afueras de Popayán y durante cuatro horas me torturaron dizque para que confesara, mientras por un radio hablaban con un jefe. Como yo no les respondía nada porque no tenía idea de lo que me preguntaban, escuché que le reportaron al jefe que yo era un guerrillero de verdad, que prefería morirme antes que soltar la lengua. Al rato el jefe llamó por el radio y ordenó que no me hicieran nada, que me soltaran, porque me habían reclamado. De no ser por la bulla que hicieron mis compañeros de oficina, que me buscaron por todas partes, hoy exactamente hubiera cumplido 64 meses de muerto. Sin embargo, a los pocos días me detuvo la Fiscalía arbitrariamente, y para justificar mi detención los agentes pusieron balas de fusil en mi casa, y por ese montaje me vincularon y procesaron. Estuve detenido más de 3 años. Perdí mi trabajo en la Gobernación y ahora estoy desempleado”.

Marta Cecilia Socha Quiroga

Esposa de Benjamín Ramos Rangel, profesor del colegio de Guamal, en el departamento de Magdalena, y presidente del sindicato del municipio. Fue asesinado 19 de febrero de 2005.

“Un antecedente fue que al hermano de mi esposo le asesinaron a su compañera, y a mi esposo lo amenazaron. El tomó muy en serio esas amenazas y por eso le solicitó al rector del colegio de Guamal un permiso especial para no asistir a dictar clases mientras se calmaba el asunto. El rector no aceptó y lo obligó a seguir dictando sus clases. En vista de esto mi esposo puso un denuncio en la Fiscalía 16 del Banco Magdalena, que se demoró 3 meses para responderle que ese delito no era de su competencia, y reenvió el denuncio a la policía de Guamal, que era la competente para atender el caso. Entre los municipios del Banco y Guamal hay apenas una hora por carretera, pero Adpostal se demoró un mes para entregar ese correo. Cuando la denuncia llegó al comando de policía de Guamal, éste la desapareció, o al parecer se la entregaron a los paramilitares, porque 8 días después lo asesinaron. La Fiscalía se sacó en limpio diciendo que mi esposo había tenido la culpa de su muerte, porque cuando presentó la denuncia por las amenazas que le habían hecho debió haber llenado un formulario en el que solicitara protección. Él no lo llenó porque el funcionario que lo atendió no se lo dio a llenar. Posteriormente la Procuraduría Regional dio un fallo diciendo que la Fiscalía sí tenía la culpa, pero el juez no fue de esa opinión y fallo desfavorable contra la denuncia. Así que el crimen sigue en la impunidad”.

Ana Cecilia Pineda

Hija de José Rogelio Pineda, directivo de Sintraelecol de Caldas, asesinado el 12 de abril de 2002 en el interior de un hotel del municipio de Aranzazu, hecho en el que también fue acribillado Hernán de Jesús Ortiz, vicepresidente del sindicato de educadores de Caldas, Educal.

“Mi papá tenía 42 años cuando lo mataron. No tengo palabras para describir cómo era él, pero sí sé que fue una persona que luchó incansablemente por la causa sindical y supo formar a sus tres hijos. Fue un ejemplo para todos nosotros, y más que padre fue mi amigo. Él había viajado a Aranzazu para participar en un encuentro sindical y se alojó en un hotel, en una pieza vecina a la de Hernán de Jesús Ortiz. Y hasta ese hotel, a bordo de una camioneta y dos motos, llegaron los sicarios que los mataron a los dos. El proceso judicial en Manizales prácticamente se cerró, porque la Fiscalía dijo que no había pruebas. Hay sí un detenido, una persona que algunos testigos vieron acompañando a los sicarios que cometieron el crimen. Pero el hombre, que está detenido por otros crímenes que ha cometido, no quiere hablar del caso de mi papá, dice que fue obra de los paramilitares y que él nada tuvo que ver. Por eso pusimos una demanda internacionalmente, asesorados por abogados de Derechos Humanos. Quiero decir que con la muerte de mi papá la familia se traumatizó por completo. Mi hermano mayor cayó un tiempo en las drogas, pero gracias a Dios se recuperó y ahora estudia en la Universidad de Caldas. Somos tres hermanos y yo soy la mayor, la mano derecha de mi mamá, y soy la que está al frente del proceso judicial y a la espera de que por fin se haga justicia. Porque yo digo que uno tiene un día para nacer y otro para morir, pero no de la forma como me arrebataron a mi papá”.

John Hernán Calderón

Hijo de Dionisio Hernán Calderón, presidente del Sindicato de Trabajadores del Municipio de Yumbo, asesinado en 1985.

“El mayor pecado que cometió mi papá fue haber defendido a su pueblo, a la clase obrera, ya que en esa época, por acción de los políticos de turno, reinaba la incertidumbre por todas partes, tanto en el pueblo como en la organización sindical. Mi padre libró una dura batallas al interior del sindicato para poder quitar el dominio patronal y convertirlo en un sindicato de clase, independiente. Eso se consiguió porque contaba con una base de trabajadores beligerantes, y de ahí en adelante se convirtió en la piedra en el zapato para las administraciones municipales de Yumbo, y logró conquistas importantes. La ola de violencia y terror que se dio entre los años 1982 y 1985 fue impresionante: asesinatos selectivos de líderes sociales, en algunos de los cuales se comprobó la mano de la policía. A raíz de esto mi padre, como presidente del sindicato del Municipio, en asocio de las juntas de acción comunal de Yumbo, convocó a un cabildo abierto, donde denunciaron con nombre propio a los agentes del Estado involucrados en los asesinatos. Eso le costó la vida: a las siete de la noche del 28 de septiembre de 1985, dentro de nuestra propia casa y en presencia de sus hijos, varios hombres entraron y le propinaron 9 balazos. Nosotros quedamos consternados, no sabíamos qué hacer en ese momento, pues todos estábamos muy pequeños. No pudimos poner demanda por el crimen porque nos amenazaron y nos hicieron seguimientos, tanto que nos vimos forzados a irnos de Yumbo y a estar lejos durante dos años. Volvimos a intentar poner la demanda pero otra vez nos volvieron a amenazar. Ahora el caso está en manos de la Fiscalía y de la justicia internacional, pues hace 6 años lo denunciamos asesorados por Reiniciar, que es una organización de Derechos Humanos”.

Rosa Elena Bernal

Hermana de Olga Ester Bernal, educadora sindicalista desaparecida hace 22 años en el Valle del Cauca, donde en los últimos 10 años han sido asesinados otros 38 educadores. Su cadáver no ha sido encontrado.

“Mi hermana era una mujer íntegra, valiente, comprometida con la lucha sindical, y por eso fue detenida y desaparecida en enero de 1988. Muchos dirán que eso fue hace mucho tiempo, pero es que la memoria no la podemos dejar quieta. Es necesario que nos llenemos de motivos para seguir luchando. Lo que busca el gobierno y este sistema asesino es que nos volvamos insensibles frente a lo que le pasa a cada uno de los seres humanos que luchamos y nos comprometemos con la vida. Si tenemos la piel arrozuda y las lágrimas al borde, es porque todavía tenemos la capacidad de movernos y seguir luchando. Por la connotación que tiene el caso de mi hermana, después de 10 años de lucha a nivel nacional e internacional logramos que la Corte Interamericana sacara una resolución condenando al Estado Colombiano por este crimen. Producto de esta denuncia, del caso se ocupó un fiscal sin rostro que logró demostrar que los autores materiales de la detención y desaparición de mi hermana fueron tres agentes del F-2, e implicó también a Guillermo Julio Chávez Ocaña, comandante en ese momento de la policía de Buenaventura, un personaje que por donde pasó dejó estelas de sangre, como la masacre de Trujillo, Valle. Y aún así llegó a ser el director de inteligencia de la Policía Nacional, responsable de las chuzadas a dirigentes populares y defensores de Derechos humanos. El fiscal sin rostro que investigó el caso logró convencer a uno de los autores materiales del crimen para que denunciara a los autores intelectuales. ¿Pero qué pasó? Le pusieron una bomba en al cárcel de Palmira donde estaba detenido, para que no denunciara. El año pasado se volvió a retomar la investigación del caso, buscando que los autores intelectuales paguen por el crimen, y a raíz de eso en noviembre del año pasado allanaron la casa de mi hermana y la acusaron de ser subversiva. Es lo mismo de siempre: cada vez que se hace una denuncia, inmediatamente dicen que es porque es guerrillero, o auxiliar o por lío de faldas”.

María Victoria Jiménez Salazar

Bacterióloga del Hospital de Santafé de Antioquia, dirigente del sindicato Anthoc en este municipio, y también integrante de la Junta Directiva del hospital en representación del cuerpo médico. Sobrevivió a un ataque de dos hombres que la apuñalearon.

“Yo nunca he tenido enemigos, en el pueblo me quieren igual que los compañeros del trabajo. Pero empecé a padecer acosos laborales en mi contra a raíz de una denuncia que hice sobre irregularidades que encontré en la compra de algunos insumos para el hospital que fueron a parar a manos de funcionarios de la dirección del hospital. Un día, cerca de mi casa que queda en una finca cercana al pueblo, vi a dos hombres sospechosos en una moto. Al día siguiente, a eso de la una y media de la tarde, cuando regresaba del hospital y pesé por un parque cercano a mi casa, volví a ver la misma moto con los dos hombres, y esta vez sí alcancé a verles la cara, por lo que arrancaron a toda velocidad. Esa misma tarde me tocó volver al hospital porque me llamaron para que revisara unas pruebas de laboratorio, y eso me ocupó hasta las siete y meda de la noche, hora en que salí y me dirigí hacia mi casa. Pero cuando estaba abriendo el portón de la finca inmediatamente dos tipos se me abalanzaron, seguramente los mismos de la moto porque no alcancé a reconocerlos. Uno me tapó la boca mientras el otro me propinaba lo que yo pensaba que eran golpes. Yo medio me les zafé y empecé a gritar y entonces en la casa, que queda a una media cuadra del portón, los perros ladraron y de la finca vecina también salió gente. Eso me salvó, pero quedé muy herida porque lo que yo creí que eran golpes eran puñaladas que me estaban dando, y además me golpearon muy duro en la cara. Me llevaron de urgencia al hospital, me revisaron y vieron que tenía 7 puñaladas y fracturas en la nariz y en una costilla. Después me mandaron a Medellín a un cirujano plástico porque quedé muy mal. Afortunadamente diez días antes de este suceso había puesto una demanda de acoso laboral en la oficina del trabajo, y eso quedó como antecedente, porque la idea es que eso que me hicieron no quede impune”.

Jorge Sará Marrugo

Hijo de Aury Sará, presidente de la USO en Cartagena, secuestrado, torturado y asesinado en diciembre de 2001 por sicarios de las Autodefensas Unidad de Colombia. Públicamente Salvatore Mancuso y Jorge “40” reconocieron ser los autores materiales e intelectuales del crimen.

“Mi padre era una persona muy querida entre la familia y la gente del barrio en Cartagena, donde, en el momento en el que lo mataron, era presidente del sindicato de ECOPETROL. Era un hombre muy amable y bastante trabajador. Tenía la capacidad de estar metido en muchas actividades a la vez, sin descuidar sus obligaciones con la familia ni en su trabajo ni con el sindicato. Él sabía que lo iban a matar, según se lo contó a mi abuela, o sea la mamá de él, pero trataba de tranquilizarnos a todos. En una ocasión le dijo a mi abuela que él ya se había retirado del sindicato, para que no se preocupara, pero no era verdad. Quizá lo pensó, pero nunca dejó el sindicato, porque él nació para eso, para luchar por los trabajadores. Incluso le molestaba la diferencia de clase que hay en nuestra propia familia, donde los parientes que tienen buenos recursos no ayudan para nada a los que están mal económicamente. Su muerte nos afectó muchísimo a sus hijos, que somos tres: mi persona, que en ese momento tenía 13 años; Catalina, que tenía 8 años y Estefanía, la más pequeña. Por eso sé que un asesinato no sólo puede destrozar una persona sino también una familia, porque después de que a él lo asesinan la familia se dividió más. Por el crimen de mi padre en Cartagena se les abrió juicio a los paramilitares Mancuso y Jorge “40”, pero con la extradición de ellos a Estados Unidos ese crimen va camino de quedar en la impunidad”.

Tomado de: alasbarricadas.org

Recordemos lo sucedido en febrero del 2000 en El Salado, Bolívar.

El pueblo que sobrevivió a una masacre amenizada con gaitas

En El Salado, durante tres días de febrero de 2000, los paramilitares se dedicaron a arrancar orejas con cuchillos, a ahorcar a las mujeres, a matar con martillos, disparos, puñales, y a degollar a sus víctimas a ritmo de gaitas y tambores. Alberto Salcedo Ramos, nueve años después, visitó este pueblo, "el pueblo de la masacre".

Sucede que los asesinos —advierto de pronto, mientras camino frente al árbol donde fue colgada una de las 66 víctimas— nos enseñan a punta de plomo el país que no conocemos ni en los libros de texto ni en los catálogos de turismo. Porque, dígame usted, y perdone que sea tan crudo, si no fuera por esa masacre ¿cuántos bogotanos o pastusos sabrían siquiera que en el departamento de Bolívar, en la Costa Caribe de Colombia, hay un pueblo llamado El Salado? Los habitantes de estos sitios pobres y apartados solo son visibles cuando padecen una tragedia. Mueren, luego existen.

José Manuel Montes, mi guía, un campesino rollizo y taciturno que se ha pasado la vida sembrando tabaco, asiente con la cabeza. Cae la tarde del sábado, empieza la sonata de las cigarras. El sol ya se ocultó pero su fogaje permanece concentrado en el aire. Mi acompañante cuenta entonces que en este punto en el que estamos ahora, más o menos aquí, en la mitad de la cancha, los paramilitares torturaron a Eduardo Novoa Alvis, la primera de sus víctimas. Le arrancaron las orejas con un cuchillo de carnicería y después le embutieron la cabeza en un costal. Lo apuñalaron en el vientre, le descerrajaron un tiro de fusil en la nuca. Al final, para celebrar su muerte, hicieron sonar los tambores y gaitas que habían sustraído previamente de la Casa de la Cultura. En los alrededores desolados de este campo de microfútbol apenas hay un par de burros lánguidos que se rascan entre sí las pulgas del espinazo. Sin embargo, es posible imaginar cómo se veían esos espacios aquella mañana del viernes 18 de febrero del año 2000, cuando los indefensos habitantes se encontraban apostados allí por orden de los verdugos.

—Casi toda la gente estaba sentada en ese costado —dice Montes, mientras señala un montículo de arena parda que se encuentra perpendicular a la iglesia, a unos veinte metros de distancia.

Hoy por la mañana, al despuntar el día, Édita Garrido me había mostrado esa misma lomita de tierra. Ella, una aldeana enjuta de tez cetrina, también sobrevivió para echar el cuento. Los paramilitares, dijo, llegaron al pueblo un poco antes de las nueve, disparando en ráfagas y profiriendo insultos. Debajo de su cama, en el piso, donde se hallaba escondida, Édita oyó la algarabía de los bárbaros:

—¡Partida de malparidos: párense firmes, que somos los paracos y vamos a acabar con este pueblo de mierda!

—¡Eso les pasa por ser sapos de la guerrilla!

En seguida arrancaron a los pobladores de sus casas y los condujeron como borregos de sacrificio hacia la cancha. Allí —aquí— los obligaron a sentarse en el suelo. En el centro del rectángulo donde normalmente es situado el balón cuando va a empezar el partido, se plantaron tres de los criminales. Uno de ellos blandió un papel en el que estaban anotados los nombres de los lugareños a quienes acusaban de colaborarle a la guerrilla. En la lista, después de Novoa Alvis, seguía Nayibis Osorio. La arrastraron prendida por el pelo desde su casa hasta el templo, acusada de ser amante de un comandante guerrillero. La sometieron al escarnio público, la fusilaron. Y a continuación, en el colmo de la sevicia, le clavaron en la vagina una de esas estacas filosas que utilizan los campesinos para ensartar las hojas de tabaco antes de extenderlas al sol. "¿A quién le toca el turno?", preguntó en tono burlón uno de los asesinos, mientras miraba a los aterrados espectadores. El compañero que manejaba la lista le entregó el dato solicitado: Rosmira Torres Gamarra. Separaron a la señora del grupo, le amarraron al cuello una soga y comenzaron a jalarla de un lado al otro, al tiempo que imitaban los gritos de monte característicos de la arriería de ganado en la región. La ahorcaron en medio de un nuevo estrépito de tambores y gaitas. Luego ametrallaron, sucesivamente, a Pedro Torres Montes, a Marcos Caro Torres, a José Urueta Guzmán y a un burro vagabundo que tuvo la desgracia de asomar su hocico por aquel inesperado recodo del infierno. Uno de los paramilitares amenazó a la muchedumbre: el que llore será desfigurado a tiros. Otro levantó su arma por el aire como una bandera y prometió que no se iría de El Salado sin volarle los sesos a alguien. "Díganme cuál es el que me toca a mí, díganme cuál es el que me toca a mí", repetía, mientras caminaba por entre el gentío con las ínfulas de un guapetón de cine. Hubo más muertes, más humillaciones, más redobles de tambores. Varios tramos de la cancha se encontraban alfombrados por el reguero de cadáveres y órganos tronchados que había dejado la carnicería. Entonces, como al parecer no quedaban más nombres pendientes en la lista, los paramilitares se inventaron un juego de azar perverso para prolongar la pesadilla: pusieron a los habitantes en fila para contarlos en voz alta. La persona a la cual le correspondiera el número 30 —advirtió uno de los verdugos— estiraría la pata. Así mataron a Hermides Cohen Redondo y a Enrique Medina Rico. Después llevaron su crueldad, convertida ya en un divertimento, hasta el extremo más delirante: de una casa sacaron un loro y de otra un gallo de riña, y los echaron a pelear en medio de un círculo frenético. Cuando, finalmente, el gallo descuartizó al loro a punta de picotazos, estalló una tremenda ovación.

Ahora, José Manuel Montes me explica que la mortandad de la cancha era apenas una parte del desastre. El país ha conocido después —gracias a los familiares de las víctimas, a las confesiones de los verdugos y al copioso archivo de la prensa— los pormenores de la masacre. Fue consumada por 300 hombres armados que portaban brazaletes de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Los paramilitares comenzaron a acordonar el área desde el miércoles 16 de febrero de 2000. Mientras estrechaban el cerco sobre El Salado, se dedicaron a asesinar a los campesinos que transitaban inermes por las veredas. No los mataban a bala sino a golpes de martillo en la cabeza, para evitar ruidos que alertaran a los desprevenidos habitantes que se encontraban aún en el pueblo. El viernes 18, ya durante la invasión, forzaron las casas que permanecían cerradas y ametrallaron a sus ocupantes. Cometieron abusos sexuales contra varias adolescentes, obligaron a algunas mujeres adultas a bailar desnudas una cumbiamba. Por la noche les ordenaron a los sobrevivientes regresar a sus moradas. Pero eso sí: les exigieron que durmieran con las puertas abiertas si no querían amanecer con la piel agujereada. Entre tanto ellos, los bárbaros, se quedaron montando guardia por las calles: bebieron licor, cantaron, aporrearon otra vez los tambores, hicieron aullar las gaitas. Se marcharon el sábado 19 de febrero, casi a las cinco de la tarde. A esa hora los lugareños corrieron en busca de sus muertos. El panorama con el cual se toparon era lo más horrendo que hubiesen visto jamás: la cancha que con tanto esfuerzo les habían construido a sus hijos cinco años atrás, estaba convertida en una cloaca de matadero público: manchones de sangre seca, enjambres de moscas, atmósfera pestilente. Y, para rematar, los cerdos callejeros les caían a dentelladas a los cadáveres, corrompidos ya por el sol.

—Mi marido —dijo Édita Garrido esta mañana— ayudó a cargar uno de esos cadáveres, y cuando terminó tenía las manos llenas de pellejo podrido.

Le reitero a José Manuel Montes que mi visita se debe a la matazón cometida por los paramilitares. Si no se hubiese presentado ese hecho infame, seguramente yo andaría ahora perdiendo el tiempo frente a las vitrinas de un centro comercial en Bogotá, o extraviado en una siesta indolente. El terrorismo, fíjese usted, hace que algunos de quienes todavía seguimos vivos, pongamos los ojos más allá del mundillo que nos tocó en suerte. Por eso nos conocemos usted y yo. Y aquí vamos juntos, recorriendo a pie los 150 metros que separan la cancha del panteón donde reposan los mártires. Mientras avanzamos, digo que acaso lo peor de estos atropellos es que dejan una marca indeleble en la memoria colectiva. Así, la relación que la psiquis establece entre el lugar afectado y la tragedia es tan indisoluble como la que existe entre la herida y la cicatriz. No nos engañemos: El Salado es "el pueblo de la masacre", así como San Jacinto es el de las hamacas, Tuchín el de los sombreros vueltiaos y Soledad el de las butifarras. Hemos llegado por fin al monumento erigido en honor a las personas acribilladas. En el centro del redondel donde yacen las osamentas, se levanta una enorme cruz de cemento. La pusieron allí como el típico símbolo de la misericordia cristiana, pero en la práctica, como no hay a la entrada de El Salado ningún cartel de bienvenida, esta cruz es la señal que le indica al forastero dónde se encuentra el mojón que demarca el territorio del pueblo. Porque en muchas regiones olvidadas de Colombia, fíjese usted, los límites geográficos no son trazados por la cartografía sino por la barbarie. Al distinguir los nombres labrados en las lápidas con caligrafía primorosa, soy consciente de que camino por entre las tumbas de compatriotas a quienes ya no podré ver vivos. Habitantes de un país terriblemente injusto que solo reconoce a su gente humilde cuando está enterrada en una fosa. ?

***

Domingo de rutina en El Salado: Nubia Urueta hierve el café en una hornilla de barro. Vitaliano Cárdenas les echa maíz a las gallinas. Eneida Narváez amasa las arepas del desayuno. Miguel Torres hiende la leña con un hacha. Juan Arias se apresta a sacrificar una novilla. Juan Antonio Ramírez cuelga la angarilla de su burro en una horqueta. Hugo Montes viaja hacia su parcela con un talego de semillas de tabaco. Édita Garrido pela yucas con un cuchillo de punta roma. Eusebia Castro machaca panela con un martillo. Jamilton Cárdenas compra aceite al menudeo en la tienda de David Montes. Y Oswaldo Torres, quien me acompaña en este recorrido matinal, fuma su tercer cigarrillo del día. Los demás lugareños seguramente están dentro de sus moradas haciendo oficios domésticos, o en sus cultivos agrandando los surcos de la tierra. A las ocho de la mañana el sol flamea sobre los techos de las casas. Cualquier visitante desprevenido pensaría que se encuentra en un pueblo donde la gente vive su vida cotidiana de manera normal. Y hasta cierto punto es así. Sin embargo —me advierte Oswaldo Torres— tanto él como sus paisanos saben que, después de la masacre, nada ha vuelto a ser como en el pasado. Antes había más de 6000 habitantes. Ahora, menos de 900. Los que se negaron a regresar, por tristeza o por miedo, dejaron un vacío que todavía duele.

Le digo a Oswaldo Torres que el sobreviviente de una masacre carga su tragedia a cuestas como el camello a la joroba, la lleva consigo adondequiera que va. Lo que se encorva bajo el pesado bulto, en este caso, no es el lomo sino el alma, usted lo sabe mejor que yo. Torres expulsa una bocanada de humo larga y parsimoniosa. Luego admite que, en efecto, hay traumas que perduran. Algunos de ellos atacan a la víctima a través de los sentidos: un olor que permite evocar la desgracia, una imagen que renueva la humillación. Durante mucho tiempo, los habitantes de El Salado esquivaron la música como quien se aparta de un garrotazo. Como vieron agonizar a sus paisanos entre ramalazos de cumbiamba improvisados por los verdugos sentían, quizá, que oír música equivalía a disparar otra vez los fusiles asesinos. Por eso evitaban cualquier actividad que pudiese derivar en fiesta: nada de reuniones sociales en los patios, nada de carreras de caballo. Pero en cierta ocasión, un psicólogo social que escuchó sus testimonios en una terapia de grupo les aconsejó exorcizar el demonio. Resultaba injusto que los tambores y gaitas de los ancestros, símbolos de emancipación y deleite, permanecieran encadenados al terror. Así que esa misma noche bailaron un fandango apoteósico en la cancha de la matanza. Fue como renacer bajo aquel firmamento tachonado de velas prendidas que anunciaban un sol resplandeciente.

En este momento, paradójicamente, el sol se ha escondido. El cielo encapotado amenaza con desgajarse en un aguacero. Torres recuerda que cuando ocurrió la masacre, en febrero de 2000, todos los habitantes se marcharon de El Salado. No se quedaron ni los perros, dice. Pues, bien: él, Torres, fue una de las 120 personas —100 hombres y 20 mujeres— que encabezaron el retorno a su tierra, en noviembre del año 2002. Cuando llegaron —cuenta— El Salado se hallaba extraviado bajo un boscaje de más de dos metros de alto. Uno de los paisanos se encaramó en el tanque elevado del acueducto para precisar dónde quedaba la casa de cada quien. En seguida se entregaron a la causa de rescatar al pueblo de las garras del caos. Un día, tres días, una semana, enfrascados en una lucha primitiva contra el entorno agresivo, como en los tiempos de las cavernas, corte un bejuco por aquí, queme un panal de avispas furiosas por allá, mate una serpiente cascabel por el otro lado. La proliferación de bichos era desesperante.

—Si uno bostezaba —dice Torres— se tragaba un puñado de mosquitos.

Para defenderse de las oleadas de insectos, todos, inclusive los no fumadores, mantenían un tabaco encendido entre los labios. Además, fumigaban el suelo con querosene, armaban fogatas al anochecer.

Dormían apretujados en cinco casas contiguas del Barrio Arriba, pues temían que los bárbaros regresaran. Reunidos —decían— serían menos vulnerables. Su consigna era que quien quisiera matarlos, tendría que matarlos juntos. Tan grande era el miedo en aquellos primeros días del retorno que algunos dormían con los zapatos puestos, listos para correr de madrugada en caso de que fuera necesario. Al principio subsistieron gracias a la caridad de los pueblos vecinos —Canutal, Canutalito, El Carmen de Bolívar y Guaimaral— cuyos moradores les regalaban víveres, frazadas y pesticidas. Cuando terminaron de segar la maraña, cuando quemaron el último montón de ramas secas, se dedicaron a poner en su sitio, otra vez, los elementos perdidos del universo: el caney del patio, el establo, la burra baya, el garabato, la alacena de las hojas de tabaco, el canto del gallo, el ladrido de los perros, los juegos de los niños, los amores furtivos en los callejones oscuros, la ollita tiznada del café, la visita del compadre. Entonces volvieron los sobresaltos: la guerrilla de las Farc (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) los acusó de ser colaboradores clandestinos de los paramilitares. ¿Habrase visto ironía más grande? ¡Si los masacraron, precisamente, porque se les consideraba compinches de los guerrilleros!

Oswaldo Torres advierte, mientras chupa su eterno cigarrillo, que los problemas de orden público en El Salado se debían al simple hecho de pertenecer geográficamente a los Montes de María, una región agrícola y ganadera disputada durante años por guerrilleros y paramilitares. En los periodos más críticos de la confrontación, los habitantes vivían atrapados entre el fuego cruzado, hicieran lo que hicieran. Y siempre parecían sospechosos aunque no movieran ni un dedo. Ciertamente, algunos paisanos —bajo intimidación o por voluntad propia— le cooperaron a un bando o al otro. Tal circunstancia resultaba inevitable dentro de un conflicto corrompido en el cual los combatientes tomaban como escudo a la población civil. Hugo Montes, un campesino que ni siquiera terminó la educación primaria, me explicó el asunto, anoche, con un brochazo del sentido común que les heredó a sus antepasados indígenas.

—Es que donde hay tanta gente, nunca falta el que mete la pata.

En seguida encogió los hombros, me miró a los ojos y me retó con una pregunta:

—¿Y qué podíamos hacer los demás, compa, qué podíamos hacer?

—Lo único que podíamos hacer —responde Torres ahora— era pagar los platos rotos.

Su respiración es afanosa porque vamos subiendo una senda empinada. De pronto, mira hacia el cielo como si suplicara clemencia, pero en realidad —según me dice, jadeante— está inquieto por un nubarrón que parece a punto de romperse encima de nuestras cabezas. Torres retoma una idea que planteamos al principio de nuestra caminata: en este momento, cualquier visitante desprevenido pensaría que los pobladores de El Salado viven otra vez, venturosamente, su vida diaria. Y hasta cierto punto es así —repite— porque ellos han retornado al terruño que aman. Mal que bien, hoy cuentan con la opción de disfrutar en forma tranquila los actos más entrañables de la cotidianidad, como se percibe en esta calle por la cual avanzamos: una niña escruta el horizonte con su monóculo de juguete, un niño retoza en el piso con sus bolitas de cristal, una muchacha peina a un anciano plácido. Sin embargo, ya nada será tan bueno como en la época de los abuelos, cuando ningún hombre levantaba la mano contra el prójimo, y los seres humanos se morían de puro viejos, acostados en sus camas. La violencia les produjo muchos daños irreparables. Espantó, a punta de bombazos y extorsiones, a las dos grandes empresas que compraban las cosechas de tabaco en la región. Enraizó el pánico, la muerte y la destrucción. Provocó un éxodo pavoroso que dejó el pueblo vaciado, para que lo desmantelaran las alimañas de toda índole. Cuando los habitantes regresaron, casi dos años después de la masacre, descubrieron con sorpresa que la mayor parte de la tierra en la que antes sembraban tenía otros dueños. Ya no había ni maestros ni médicos de planta, y ni siquiera un sacerdote dispuesto a abrir la iglesia cada domingo.

El nubarrón suelta, por fin, una catarata de lluvia que rebota enardecida contra el suelo arenoso.

***

Los dos únicos centros educativos que quedan en el pueblo funcionan en una casa esquinera de paredes descoloridas. Uno es la Escuela Mixta de El Salado, dueña de este inmueble, y otro, el Colegio de Bachillerato Alfredo Vega. Varios chiquillos contentos corretean por el patio esta mañana de lunes. En el primer salón que uno encuentra tras el portón, los niños se aplican a la tarea de elaborar un cuadro sinóptico sobre las bacterias y otro sobre las algas. El número de alumnos ni siquiera sobrepasa el centenar, pero el problema mayor es otro: el bachillerato apenas está aprobado hasta noveno grado. Los estudiantes interesados en cursar los dos grados restantes deben mudarse para El Carmen de Bolívar, lo que demanda unos gastos que no se compadecen con la pobreza de casi todos los pobladores. En consecuencia, muchos jóvenes renuncian a concluir su educación y se convierten en jornaleros como sus padres.

Tal es el caso de María Magdalena Padilla, 20 años, quien a esta hora hierve leche en una olla vetusta. En 2002, cuando se produjo el retorno de los habitantes tras la masacre, María Magdalena fue noticia nacional de primera página. En cierta ocasión, una mujer que debía ausentarse de El Salado dejó a su hija de cinco años bajo la custodia de María Magdalena. Para matar el tiempo, las dos criaturas se pusieron a jugar a las clases: María Magdalena era la maestra. Y la niña más pequeña, la alumna. Una vecina que vio la escena también envió a su hijo chiquito, y luego otra señora le siguió los pasos, y así se alargó la cadena hasta llegar a 38 niños. Como no había escuelas, el divertimento se fue tornando cada vez más serio. En esas apareció una periodista que quedó maravillada con la historia, una periodista que, folclóricamente, le estampilló a la protagonista el mote de "Seño Mayito", dizque porque María Magdalena sonaba demasiado formal. El novelón caló en el alma de los colombianos. A María Magdalena la retrataron al lado del Presidente de la República, la ensalzaron en la radio y en la televisión, la pasearon por las playas de Cartagena y por los cerros de Bogotá. Le concedieron —vaya, vaya— el Premio Portafolio Empresarial, un trofeo que hoy es un trasto inútil arrinconado en su habitación paupérrima. Los industriales le mandaron telegramas, los gobernadores exaltaron su ejemplo. Pero en este momento, María Magdalena se encuentra triste porque, después de todo, no ha podido estudiar para ser profesora, como lo soñó desde la infancia. "No tenemos dinero", dice con resignación. Lejos de los reflectores y las cámaras, no resulta atractiva para los falsos mecenas que la saturaron de promesas en el pasado. Pienso —pero no me atrevo a decírselo a la muchacha— que ahí está pintado nuestro país: nos distraemos con el símbolo para sacarle el cuerpo al problema real, que es la falta de oportunidades para la gente pobre. Les damos alas a los personajes ilusorios como "la Seño Mayito", para después arrancárselas a los seres humanos de carne y hueso como María Magdalena. En el fondo, creamos a estos héroes efímeros, simplemente, porque necesitamos montar una parodia de solidaridad que alivie nuestras conciencias.

Eso sí: los problemas persisten, se agrandan. La vecina de María Magdalena se llama Mayolis Mena Palencia y tiene 23 años. Está sentada, adolorida, en un taburete de cuero. Ayer, después del tremendo aguacero que cayó en El Salado, resbaló en el patio fangoso de la casa y cayó de bruces contra un peñasco. Perdió el bebé de tres meses que tenía en el vientre. Y ahora dice que todavía sangra, pero que en el pueblo, desde los tiempos de la masacre, no hay ni puesto de salud ni médico permanente. Yo la miro en silencio, cierro mi libreta de notas, me despido de ella y me alejo, procurando pisar con cuidado para no patinar en la bajada de la cuesta. Veo las calles barrosas, veo un perro sarnoso, veo una casucha con agujeros de bala en las paredes. Y me digo que los paramilitares y guerrilleros, pese a que son un par de manadas de asesinos, no son los únicos que han atropellado a esta pobre gente.

Por: ALBERTO SALCEDO RAMOS
Tomado de: soho.com.co