viernes, 22 de mayo de 2009

Movimientos, crisis, movimientos

Luego del monumental trabajo coordinado por Giovanni Arrighi y Beverly Silver, Caos y orden en el sistema mundo moderno, hay argumentos suficientes para concluir acerca de la relación entre las crisis y las luchas sociales y alumbrar algo más la situación actual del sistema capitalista. En efecto, el estudio sostiene, con abundante información comparativa, que la crisis (mal llamada) económica comienza a raíz de una oleada de militancia obrera fabril en los años 60, que fue capaz de pulverizar el modelo fordista-taylorista de sujeción y control de los trabajadores. La actual coyuntura puede leerse, bajo esa óptica, como una consecuencia de larga duración de aquella oleada de movimientos que forzaron al capital a mudar, convirtiéndose en capital financiero especulativo.

Más allá de un debate, siempre necesario, sobre cuestiones teóricas, vale la pena detenerse en ese enfoque, ya que puede contribuir a una mejor comprensión del movimiento real que está sucediendo ante nuestros ojos, como apuntaba Marx. La primera cuestión es que no son las crisis las que motivan la acción social sino al revés: la movilización, la ruptura de los controles, es lo que provoca reacomodos en el modo de dominación, forzando a los de arriba a introducir cambios no sólo en el terreno de la economía sino cambios societales que abarcan todos los terrenos de la vida. Por eso mismo no podemos hablar, en rigor, solamente de crisis económica.

En la década de los años 60, la oleada de militancia obrera fue apenas una expresión, importante, decisiva, pero una más, de una profunda oleada nacida en el subsuelo de las sociedades que pugnaba por la transformación. Mujeres, niños, jóvenes, campesinos sin tierra, obreros no calificados, indios, negros, y un largo etcétera, jaquearon los modos de dominación establecidos en la familia, la escuela, la localidad rural y urbana, la fábrica, la hacienda, la universidad... La crítica al patriarcado se manifestó también en el rechazo al poder del profesor, del capataz, del varón blanco de clase media, en fin, un proceso democratizador antiautoritario que minó los modos de dominación y, por tanto, de acumulación.

En segundo lugar, esa oleada nació y se manifestó por fuera de los cauces establecidos y de las instituciones, entre ellos los partidos comunistas y los sindicatos. André Gorz hablaba, en el terreno fabril, de la existencia de una verdadera guerrilla obrera fuera del control sindical, que provocó ingentes pérdidas a los empresarios. En América Latina no sólo fueron desbordados los partidos de derecha e izquierda sino los propios sindicatos y las centrales burocratizadas. Algunos de los momentos más críticos de la lucha obrera en Argentina, por poner apenas un ejemplo, entre el cordobazo de 1968 y las Coordinadoras Fabriles de 1975, se dieron no sólo por fuera sino contra las estructuras sindicales. Al parecer, una verdadera oleada capaz de subvertir el orden no puede canalizarse a través de lo ya establecido y debe crear otros cauces, como fueron la CUT (central de trabajadores) y el MST (movimiento sin tierra) en Brasil, y decenas de nuevas organizaciones en todo el continente.

En tercer lugar, los ciclos de protesta y de movilización no sólo cambian el escenario político-social sino también a los propios movimientos. Por eso, los movimientos que protagonizan un ciclo suelen ser un obstáculo en el ciclo siguiente, ya que se han institucionalizado, pasaron a formar parte de la cultura del poder, han incrustado sus mejores cuadros en el sistema que un día combatieron. Un verdadero ciclo rebelde crea nuevas organizaciones, pero también nuevos modos de luchar y, sobre todo, nuevos paradigmas para concebir el cambio social, o la revolución, o como cada uno quiera llamarle.

Los procesos profundos y verdaderos nacen de y en las periferias, nunca en el centro del sistema, tanto a escala planetaria como en cada país. Los zapatistas han acuñado el concepto del “más abajo” para referirse a ese sector social donde nace la revuelta. Así como en los años 60 fueron los obreros no calificados, las mujeres y los jóvenes la fuerza motriz de las luchas, en América Latina en el periodo neoliberal fueron los “sin” (sin derechos, sin tierra, sin trabajo, etcétera) los que estuvieron a la cabeza de la deslegitimación del modelo. En el lenguaje de Marx, los que no tienen nada que perder. ¿Quiénes serán los principales protagonistas durante la actual crisis? Aquí aparece un nuevo tema, ya que el sistema ha trasladado los modos de control fuera de los espacios de disciplinamiento tradicionales, como forma de dominar los territorios de la pobreza, allí donde no llegan los estados, ni los partidos, ni los sindicatos.

Estas nuevas formas de control, por lo menos en América Latina, se llaman planes sociales. Son herederos de las políticas focalizadas hacia la pobreza creadas por el Banco Mundial para contrarrestar el desmontaje de los estados benefactores durante el periodo más crudo de las privatizaciones. Ahora se han ampliado y perfeccionado. Alcanzan a alrededor de 100 millones de personas sólo en Latinoamérica (50 de ellas en Brasil), o sea el núcleo de los más pobres, de los que ahora tienen para perder miserables bonos de 30 a 60 dólares mensuales, suficientes para no morir de hambre pero no para salir de la miseria. Los gestores de esos planes son a menudo cientos de miles de ONG que conocen en detalle los territorios de la pobreza, que son a menudo los territorios de la resistencia. Son la punta de lanza de estados capilares que buscan desorganizar e impedir levantamientos y sublevaciones sociales.

Por lo tanto, serán aquellos colectivos y sujetos capaces de neutralizar el control que ejercen los planes sociales, los que vayan a protagonizar las nuevas, necesarias e imprescindibles oleadas de protesta, porque, bien sabemos, la crisis no tiene salidas económicas sino políticas. Una política desde abajo, enraizada en las periferias urbanas y rurales; una política diferente, no institucional, asamblearia, tumultuosa, incierta.

Por: Raúl Zibechi
Tomado de: www.jornada.unam.mx

Hacia la autocracia

Así tituló la prestigiosa revista The Economist un reciente artículo en el que analiza el proceso interno colombiano, dirigido desde la Casa de Nariño y orientado a atornillar en el sillón presidencial a su inquilino. Colombia, dice el articulista, “alguna vez fue un país con una sana, incluso exagerada, desconfianza del Poder Ejecutivo, está al borde de permitir que Álvaro Uribe busque un tercer mandato consecutivo sin precedentes”. Los ojos de los analistas extranjeros ven más que millones de ojos de colombianos encandilados por el oropel.

La autocracia se define como un “sistema de gobierno en el cual la voluntad de una sola persona es la suprema ley”. El que gobierna en dicho sistema es un autócrata y esta palabra tiene sinónimos como arbitrario, imperioso, absorbente, mandón y déspota. Un gobierno que pretenda concentrar todo el poder es un peligro para la democracia y su sana división de los poderes. Así lo advirtió recientemente el ex procurador Edgardo Maya, al decir que “la concentración del poder en manos del Ejecutivo, generando lo que podríamos llamar un ‘hiperejecutivo’, desdibuja cada vez más la separación de poderes”. La aprobación en el Congreso del referendo reeleccionista parece apuntar en la dirección que anota Maya. Y ese intento entraña un riesgo evidente para el sistema colombiano. Fue vergonzoso el episodio de la votación, dijo la senadora Cecilia López, cuando vio al Ministro del Interior de curul en curul buscando votos. ¿Se repitió lo de Yidis y Teodolindo, a quienes les ofrecieron prebendas para aprobar la anterior reelección? Aún no se sabe, pero la duda queda. La expresó el ex presidente César Gaviria, al manifestar que ese acto “coloca en peligro la democracia del país y el equilibrio de poderes”.

El análisis de The Economist, al referirse a la Política de Seguridad Democrática, recuerda que Uribe pretende que ésta continúe y que sólo él “puede asegurar que este proceso continuará”. Esa es otra característica de los autócratas, que se sienten únicos, indispensables y escogidos por la Divina Providencia. Esta política genera preocupaciones, pues, dice el articulista, “el gobierno de Uribe no ha estado exento de abusos y escándalos. Éstos incluyen el asesinato de civiles inocentes presentados luego por el Ejército como guerrilleros muertos en combate”. Se refiere la revista, como es obvio, a los llamados ‘falsos positivos’, que, según recientes denuncias, hasta fusilamientos han provocado. Es el producto de exigir resultados y que éstos se midan en cadáveres con camuflado y botas pantaneras.

El episodio del espionaje y de los seguimientos e interceptaciones telefónicas del DAS a magistrados de las altas cortes y a personajes de la oposición también es preocupación de la revista. Los autócratas no soportan que los contradigan. Aquí, a los críticos se les ha calificado como amigos de la subversión. Y recientemente, a quienes han solicitado un acuerdo humanitario para liberar a los secuestrados por la guerrilla, se les ha calificado como pertenecientes a un supuesto ‘bloque intelectual de las Farc’. La del DAS es otra herida abierta, dice The Economist.

¿Exagera la revista? No lo creo. El camino hacia la autocracia es un peligro real para la democracia colombiana. Los ojos del mundo están sobre nosotros.


Por: Gustavo Tobón Londoño
Tomado de: www.elpais.com.co