lunes, 21 de abril de 2008

TÍBET Y PALESTINA, ¡TÚ NO, EL OTRO!

Tíbet y Palestina, ¡Tú no, el otro!

Uri Avnery

“¡Eh, quita tus manos de encima mío! ¡Tú no! ¡El otro!”, grita una joven en un cine durante la proyección, según un viejo chiste.


“¡Eh, quitad vuestras manos del Tíbet!”, grita la opinión pública internacional a coro, “¡Pero no de Chechenia! ¡Ni de Euskadi! ¡Y, desde luego, no de Palestina!”, y esto no es un chiste.


* * *


Apoyo tanto como cualquier otro el derecho del pueblo tibetano a su independencia o, al menos, a su autonomía. Y condeno como cualquier otro las acciones que realiza el gobierno chino en el Tíbet. Pero a diferencia de muchos de ellos, no voy a unirme a las manifestaciones.


¿Por qué? Porque tengo la incómoda sensación de que alguien está tratando de lavarme el cerebro, y de que lo que está teniendo lugar no es más que un ejercicio de hipocresía.


Personalmente, no me importa que haya un poco de manipulación. Después de todo, que los disturbios empezaran en vísperas de los Juegos Olímpicos de Pekín no es una casualidad. Nada que objetar: un pueblo luchando por su libertad tiene el derecho a emplear cualquier oportunidad que se le presente para hacer progresar su lucha.


Apoyo a los tibetanos a pesar de la obviedad de que los americanos están explotando esta lucha para sus propios propósitos. La CIA ha planeado y organizado los disturbios claramente, y son los medios de comunicación estadounidense quienes lideran la campaña mundial. Es una parte de la lucha oculta entre los Estados Unidos, la superpotencia dominante, y China, la superpotencia emergente, en una nueva versión del “Gran Juego” que tuvo lugar en Asia Central durante el siglo XIX entre el Imperio Británico y Rusia. Tibet es una moneda de cambio en ese juego.


Estoy incluso dispuesto a ignorar el hecho de que los gentiles tibetanos han llevado a cabo un pogromo criminal contra civiles chinos del todo inocentes, asesinando a mujeres y hombres, y quemando sus hogares y tiendas. Excesos detestables como éstos suceden en una lucha de liberación nacional.


No, lo que me irrita de veras es la hipocresía de los medios de comunicación mundiales. Cuando toca hablar de China, truenan y claman: son miles los editoriales y debates que lanzan invectivas y maldiciones contra la maliciosa China. Parece como si los tibetanos fueran el único pueblo sobre el planeta cuyo derecho a la independencia está siendo negado por la fuerza bruta, y que si Pekín sacara sus sucias manos de encima de los monjes de túnicas azafranadas, todo sería perfecto en éste el mejor de los mundos posibles (1).


* * *


No cabe duda de que el pueblo tibetano tiene el derecho a gobernar su propio país, fomentar su cultura propia, promover sus instituciones religiosas y prevenir a los colonos extranjeros de ahogar todo ello en una cultura ajena.


¿Pero no tienen los kurdos en Turquía, Irak, Irán y Siria el mismo derecho? ¿Ni los habitantes del Sahara Occidental, cuyo territorio está ocupado por Marruecos? ¿Ni los vascos en España? ¿Ni los corsos en Francia? Y la lista es larga.


¿Por qué los medios de comunicación mundiales hacen suya una lucha por la independencia, pero a menudo ignoran cínicamente otras luchas con los mismos fines? ¿Qué es lo que hace que la sangre de un solo tibetano sea más roja que la de miles de africanos del Congo Este?


Una y otra vez trato de encontrar una respuesta satisfactoria a este enigma. En vano.


Immanuel Kant nos exigió “actuar como si el principio por el cual actuamos fuera una ley universal de la naturaleza” (siendo un filósofo alemán, lo expresó con un lenguaje mucho más complicado, claro).


¿Se ajusta esta actitud hacia el problema del Tíbet a esta regla? ¿Refleja nuestra actitud hacia la lucha por la independencia de otros pueblos oprimidos?

Desde luego que no.


* * *


¿Qué es lo que hace, pues, que los medios de comunicación internacionales discriminen entre las luchas de la liberación nacional que están teniendo lugar en todo el mundo?

Veamos algunos factores relevantes:

- ¿Tiene el pueblo que busca su independencia una cultura exótica especial?
- ¿Son un pueblo atractivo, esto es, son “sexy” a ojos de los media?
- ¿Está su lucha encabezada por una personalidad carismática que caiga bien a los medios de comunicación?
- ¿El gobierno opresor es rechazado por los medios de comunicación?
- ¿Pertenece el gobierno opresor al campo proamericano? Este es un factor importante, dado que los Estados Unidos dominan buena parte de los medios de comunicación internacionales, y sus agencias de noticias y plataformas de televisión definen la mayor parte de la agenda y de la terminología de la cobertura informativa.
- ¿Hay intereses económicos implicados en el conflicto?
- ¿Posee el pueblo oprimido hábiles portavoces capaces de atraer la atención de los medios de comunicación y manipularlos?


* * *


Desde estos puntos de vista, no hay nadie como los tibetanos: ellos reúnen las condiciones ideales.


Rodeados por la cordillera del Himalaya, están situados en uno de los paisajes más bellos de la tierra. Durante siglos, alcanzar el lugar era una aventura. Su singular religión despierta curiosidad y simpatía. La no-violencia que predica es muy atractiva, y lo suficientemente elástica como para cubrir las peores atrocidades, como el reciente pogromo. El Dalai Lama, su líder en el exilio, es una figura romántica, una rock-star de los medios de comunicación. El régimen chino es odiado por la mayoría de gente: los capitalistas lo odian porque es una dictadura comunista, los comunistas lo odian porque se ha convertido al capitalismo. Promueve un materialismo feo y grosero, radicalmente opuesto a la espiritualidad de los monjes budistas, que invierten todo su tiempo en el rezo y la meditación.


Cuando China construye un ferrocarril que llega a la capital tibetana a través de miles de kilómetros de territorio inhóspito, Occidente no lo admira como una proeza de la ingeniería, sino que lo ve (en parte correctamente) como un monstruo de hierro que trae consigo cientos de miles de colonos chinos de la etnia Han al territorio ocupado.


Y, por supuesto, China es una potencia emergente, cuyos éxitos económicos amenazan la hegemonía norteamericana. Gran parte de la renqueante economía estadounidense pertenece, directa o indirectamente, a China. El gigantesco imperio americano se hunde sin esperanza en la deuda, y China será pronto su mayor prestamista. La industria manufacturera china se está desplazando a China, y con ella, millones de puestos de trabajo.


Comparados con estos factores, ¿qué nos ofrecen, por ejemplo, los vascos? Como los tibetanos, habitan en un territorio contiguo al del estado opresor, la mayor parte de él en España, y una parte en Francia. También son ellos un pueblo con una larga historia, que posee su propio lenguaje y cultura. Pero ni su lenguaje ni su cultura resultan exóticos a los ojos de los medios de comunicación. No tienen mandalas. Ni monjes en túnicas.


Los vascos no tienen un líder romántico, como Nelson Mandela o el Dalai Lama. El estado español, que se alza sobre las ruinas de la odiosa dictadura franquista, goza de una enorme popularidad en todo el mundo. España pertenece a la Unión Europea, lo cual significa que se encuentra, más o menos, en el campo proamericano. Algunas veces más, algunas veces menos.


La lucha armada clandestina de los vascos es aborrecida por buena parte de la población y considerada como “terrorismo”, especialmente después de que España acordara con los vascos una amplía autonomía. En estas circunstancias, los vascos no tendrán mucha suerte si quieren ganar apoyo internacional para su causa independentista.


Los chechenos están en una posición más favorable. Ellos también son un pueblo por derecho propio, oprimido durante mucho tiempo por los zares y el Imperio ruso, incluyendo a Stalin y Putin. Pero son, ay, musulmanes, y en el mundo occidental la islamofobia ocupa ahora el lugar que durante siglos se reservó al antisemitismo. El islam ha pasado a convertirse en sinónimo de terrorismo, y es visto como una religión asesina y sangrienta. Pronto se nos revelará que los musulmanes sacrifican a niños cristianos para cocinar pitas con su sangre. (En realidad es, por supuesto, la religión de docenas de pueblos muy diferentes, que se extiende desde Indonesia a Marruecos y desde Kosovo a Zanzíbar).


Los EE. UU.no temen a Moscú como temen a Pekín. A diferencia de China, Rusia no aparece como un país que podría llegar a dominar el siglo XXI. Occidente no tiene ningún interés en renovar la Guerra Fría tanto como en renovar las Cruzadas contra el islam. Los pobres chechenos, que no tienen un líder carismático ni portavoces sobresalientes, han sido desterrados de los titulares. Como no hay atención mundial, Putin puede machacarlos tanto como quiera, matar a miles de ellos y arrasar ciudades enteras.


Lo que no impide que Putin apoye las demandas de Abkhazia y Osetia del Sur de independencia de Georgia, un país que enfurece a Rusia.


* * *


Si Immanuel Kant supiera lo que está sucediendo en Kosovo, empezaría a rascarse la cabeza tratando de averiguar de qué va la cosa.


La provincia reclamó su independencia de Serbia, y yo, sin ir más lejos, lo apoyé de todo corazón. Es un pueblo propio, con una cultura diferente (albana) y religión propia (islam). Después de que el popular líder serbio, Slobodan Milosvic, tratara de expulsarlos de su país, el mundo se alzó en contra de su decisión, proporcionándoles apoyo moral y material en su lucha por la independencia.


Los albanokosovares son el 90% de los ciudadanos del nuevo estado, que tiene una población de dos millones de personas. El restante 10% son serbios que no quieren formar parte del nuevo Kosovo. Quieren que las zonas en las que viven sean anexionadas por Serbia.


De acuerdo con la máxima kantiana, ¿tienen el derecho a hacerlo?


Yo propondría un principio moral pragmático: cada población que habite en un territorio definido y tenga un carácter nacional claro tiene derecho a la independencia. Un estado que quiera retener a esa población debe de tener en consideración si la población se siente cómoda en su marco estatal, si recibe todos sus derechos, disfruta de igualdad de derechos con respecto al resto del estado y tiene una autonomía que satisface sus aspiraciones nacionales. En otras palabras: que no tengan ninguna razón para desear la independencia.


Este principio puede aplicarse a los franceses en Canadá, a los escoceses en Gran Bretaña, los kurdos en Turquía, varios grupos étnicos en África, a los pueblos indígenas en Latinoamérica, a los tamiles en Sri Lanka y a muchos otros. Cada uno de ellos tiene el derecho a elegir entre una igualdad efectiva con el estado, la autonomía y la independencia.


***


Todo esto nos lleva, por supuesto, a la cuestión palestina.


En la competición por ganarse la simpatía de los medios de comunicación mundiales, los palestinos son los más desafortunados. De acuerdo a los estándares que hemos mencionado, tienen exactamente el mismo derecho a la independencia que los tibetanos. Habitan en un territorio definido, son una nación con un carácter que la identifica y existen fronteras definidas entre ellos e Israel. Para negar estos hechos hay que tener una mente de veras retorcida.


Pero los palestinos están sufriendo de muchos de los crueles envites del destino: el pueblo que lo oprime reclama para sí la corona del victimismo definitivo. El mundo entero simpatiza con los israelíes porque los judíos fueron las víctimas de los crímenes más horribles en el mundo occidental. Se crea una situación extraña: el opresor es más popular que la víctima. Cualquiera que apoye a los palestinos es automáticamente sospechoso de antisemitismo y de negación del Holocausto.


La gran mayoría de los palestinos también son musulmanes (nadie se acuerda de los palestinos cristianos). Como el islam es temido y aborrecido por igual en Occidente, la lucha palestina ha pasado a ser automáticamente parte de esa amenaza siniestra e informe que responde al nombre de “terrorismo internacional”. Y desde la muerte de Yasser Arafat y el Jeque Ahmed Yassin, los palestinos no tienen ningún líder especialmente destacable, ni en Fatah ni en Hamas.


Los medios de comunicación mundiales derraman lágrimas por el pueblo tibetano, cuya tierra les fue arrebatada por colonos chinos.

¿Pero quién se preocupa por los palestinos, cuya tierra está siendo arrebatada por colonos israelíes?


Pescando en el río revuelto tibetano, los portavoces israelíes se comparan a sí mismos con los pobres tibetanos -tal y como suena- y no con los malvados chinos. A muchos les parece lógico.


Si desenterrásemos a Kant y le preguntásemos sobre los palestinos, a estas alturas probablemente nos contestaría: “dadles lo que creáis que se le tiene que dar a todo el mundo, y no me despertéis otra vez para preguntarme más tonterías.”


Nota del traductor: (1) Referencia al Cándido de Voltaire.



Uri Avnery es un escritor y veterano activista israelí por la paz. Ha colaborado en La política del antisemitismo, el último libro de CounterPunch.

¿Y SI IRÁN HUBIESEN INVADIDO MÉXICO?

¿Y Si Irán Hubiese Invadido México?

De Noam Chomsky



No sorprende que George W. Bush anunciase un "aumento" del número de tropas en Irak a pesar de la firme oposición de los ciudadanos norteamericanos a dicha actuación y de una oposición incluso mayor de los (totalmente irrelevantes) ciudadanos iraquíes. Este anuncio estuvo acompañado de siniestras filtraciones oficiales y declaraciones, de Washington y Bagdad, sobre cómo la intervención iraní en Irak tiene como objetivo desestabilizar nuestra misión de conseguir una victoria, un objetivo que por definición, es en sí mismo noble. Lo que siguió fue un solemne debate sobre si los números de serie de las modernas bombas de carretera (IDEs) pueden relacionarse con Irán, y, si es así, con los Guardias Revolucionarios de ese país o incluso con alguna autoridad más alta.


Este "debate" es una ilustración típica de un principio básico de la propaganda sofisticada. En sociedades rudimentarias y primitivas, la Línea política del Partido se proclama públicamente y debe ser obedecida... o atenerse a las consecuencias.. Lo que realmente creas es asunto tuyo y tiene mucha menos relevancia. En sociedades donde el estado ha perdido la capacidad de controlar por la fuerza, la Línea política de Partido simplemente se presupone, y se promueve el debate dentro de los límites impuestos por una ortodoxia doctrinal no especificada. El más rudimentario de los dos sistemas lleva, naturalmente, a la incredulidad; la variante sofisticada da la impresión de sinceridad y libertad, y resulta mucho más eficaz para inculcar la Línea de Partido. Se convierte en incuestionable, más allá del propio pensamiento, como el aire que respiramos.


El debate sobre la intervención iraní en Irak continúa sin producir vergüenza alguna, bajo el supuesto de que Estados Unidos es el dueño del mundo.
Por ejemplo, en los años 80 no entramos en un debate similar sobre si los EE. UU.
estaba interfiriendo en el Afganistán ocupado por los soviéticos, y dudo que Pravda, probablemente reconociendo lo absurdo de la situación, se indignase sobre ese hecho (que los funcionarios norteamericanos y nuestros medios de información, en cualquier caso, no trataron de ocultar). Quizá la prensa oficial nazi también promovió grandilocuentes debates sobre si los aliados estaban interfiriendo en la soberanía de la Francia de Vichy, aunque si lo hubieran hecho, la gente cabal se hubiera muerto de vergüenza.


En este caso, sin embargo, incluso la vergüenza, notablemente ausente, no sería suficiente porque las acusaciones contra Irán forman parte de una repetición de declaraciones que tienen como objetivo movilizar el apoyo para la intensificación del conflicto en Irak y para un ataque a Irán, la "causa del problema". El mundo está horrorizado ante esa posibilidad. Incluso en los estados sunníes vecinos, que no son amigos de Irán, cuando se les pregunta, están más a favor de un Irán con armas nucleares que de cualquier intervención militar contra el país. De la limitada información de la que disponemos, parece deducirse que partes importantes de la institución militar y de los servicios de espionaje estadounidenses. están en contra de dicho ataque, junto con casi la totalidad de la población mundial, incluso más que cuando el gobierno de Bush y el de Tony Blair invadieron Irak, desafiando una enorme oposición popular en todo el mundo.


"El Efecto Irán"El resultado de un ataque a Irán sería horroroso. Después de todo, según un estudio reciente del "efecto Irán", realizado por los especialistas en terrorismo Peter Bergen y Paul Cruickshank, utilizando datos del Gobierno y de la Corporación Rand, la invasión de Irak ya ha servido para multiplicar por siete el terrorismo. El "efecto Irán" sería probablemente mucho más grave y de una mayor duración. El historiador militar británico Corelli Barnett habla en nombre de muchos cuando avisa de que "un ataque a Irán provocaría con seguridad la Tercera Guerra Mundial".


¿Cuáles son los planes de la camarilla cada vez más desesperada que mantiene a duras penas el poder político en EE. UU.? No podemos saberlo. Por supuesto, estos planes del Estado se mantienen en secreto en interés de la "seguridad". Un análisis de los informes desclasificados revela que existe un mérito considerable en esa alegación, aunque sólo si entendemos que "seguridad" significa la seguridad del gobierno de Bush contra su enemigo doméstico: la población en cuyo nombre actúan.


Incluso si la camarilla de la Casa Blanca no estuviese planeando una guerra, el despliegue naval, el apoyo a los movimientos secesionistas y actos terroristas dentro de Irán, y demás provocaciones podrían fácilmente desencadenar una guerra accidental. Las resoluciones del Congreso no serían una barrera. Invariablemente permiten excepciones en nombre de la "seguridad nacional", abriendo agujeros lo suficientemente grandes como para que varios grupos de portaaviones estén pronto en el Golfo Pérsico, siempre que dirigentes sin escrúpulos hagan declaraciones catastróficas (como hizo Condoleezza Rice en 2002 con esas "nubes en forma de hongo" sobre ciudades norteamericanas). Y la trama de esta clase de incidentes que "justifican" dichos ataques es una práctica conocida. Incluso los peores monstruos sienten la necesidad de dicha justificación y adoptan la estratagema que utilizó Hitler para defender a la inocente Alemania frente al "terror salvaje" de los polacos en 1939, después de que estos hubiesen rechazado sus sabias y generosas propuestas de paz, no es sino un ejemplo más.


El obstáculo más efectivo a una decisión de la Casa Blanca de comenzar una guerra es la clase de oposición popular organizada que asustó a los lideres político-militares lo suficiente en 1968 como para que fuesen reacios a enviar más tropas a Vietnam, temiendo, según los Papeles del Pentágono, que podrían necesitarlas para controlar los desórdenes civiles en casa.


Sin duda, el gobierno de Irán merece duras condenas, incluidas sus acciones recientes que han atizado la crisis.Es, sin embargo, útil preguntar como hubiésemos actuado si Irán hubiese invadido y ocupado Canadá y Méjico y detenido allí a representantes del gobierno de EE. UU.bajo la acusación de que se estaban resistiendo a la ocupación iraní (llamada "liberación" por supuesto).Imaginen también que Irán estuviese desplegando grandes fuerzas navales en el Caribe y lanzando amenazas creíbles de una ola de ataques contra un amplio abanico de instalaciones, nucleares y de otras características, en los EE. UU., si el gobierno de EE. UU.no pusiese fin inmediatamente a todos sus programas de energía nuclear (y, naturalmente, desmantelase todas sus armas nucleares).Supongan que todo esto ocurriese después de que Irán hubiera derrocado al gobierno de EE. UU.e instalado un atroz tirano (como hizo EE. UU.en Irán en 1953); y más tarde apoyase una invasión rusa de EE. UU.que mató a millones de personas (igual que EE. UU.apoyó la invasión de Saddam Hussein de Irán en 1980, matando a cientos de miles de iraníes, un número comparable a millones de norteamericanos).

¿Nos quedaríamos mirando en silencio?


Es fácil entender una observación hecha por uno de los principales historiadores militares de Israel, Martín van Creveld.Después de que EE. UU.invadiese Irak, sabiendo que estaban indefensos, dijo, "Si los iraníes no han intentado construir armas nucleares es que están locos".

Es seguro que ninguna persona cabal quiere que Irán (o cualquier nación) desarrolle armas nucleares. Una resolución razonable a esta crisis sería permitir que Irán desarrolle energía nuclear, de acuerdo con sus derechos según el Tratado de No-Proliferación, pero no armas nucleares.
¿Es factible esta solución? Lo sería con una condición: que EE. UU.e Irán fuesen sociedades con funcionamiento democrático en las que la opinión pública tuviese un impacto significativo en la política pública.


Da la casualidad que esta solución tiene un apoyo masivo entre los iraníes y los estadounidenses, quienes generalmente están de acuerdo en temas nucleares. El consenso iraní-estadounidense incluye la eliminación completa de las armas nucleares en todo el mundo (82% de los norteamericanos); si esto no se puede lograr todavía debido a la oposición de la elite entonces por lo menos una "zona libre de armas nucleares en Oriente Próximo que incluiría a los países islámicos e Israel" (71% de los estadounidenses). El setenta y cinco por ciento de los estadounidenses prefieren establecer unas mejores relaciones con Irán a amenazar con la fuerza.En resumen, si la opinión pública tuviese una influencia significativa en las políticas de Estado en EE. UU.y en Irán, la resolución de la crisis estaría al alcance de la mano, junto con unas soluciones a más largo plazo para el problema nuclear mundial.


Promover la Democracia en casa


Estos hechos sugieren una posible vía para prevenir que estalle la crisis actual, incluso en una versión de la Tercera Guerra Mundial. Esta impresionante amenaza puede evitarse buscando una propuesta conocida: la promoción de la democracia, esta vez en casa, donde más se necesita. La promoción de la democracia en casa es ciertamente factible y, aunque no podamos llevar a cabo dicho proyecto directamente en Irán, podríamos actuar para mejorar las perspectivas de los valientes reformistas y opositores que están buscando conseguir eso mismo. Entre dichas figuras que son, o deberían ser bien conocidas, estarían Saeed Hajjarian, el premio Nobel Shirin Ebadi, y Akbar Ganji, y también aquellos que, como siempre, permanecen en el anonimato, entre ellos activistas sindicales sobre los que sabemos muy poco, quienes publican el Boletín de los Trabajadores Iraníes podrían ser un ejemplo.


La mejor manera de perfeccionar las perspectivas de promoción de la democracia en Irán es cambiando, aquí, radicalmente las políticas de Estado para que reflejen la opinión popular. Esto supondría el cese de las amenazas habituales que son un regalo para los radicales iraníes. Las amenazas son ferozmente condenadas por los iraníes que están realmente preocupados con el desarrollo de la democracia (a diferencia de aquellos "partidarios" que exhiben eslóganes democráticos en occidente y se les premia como a grandes "idealistas" a pesar de su claro historial de odio visceral a la democracia).


La promoción de la democracia en EE. UU.podría tener unas consecuencias mucho más amplias. En Irak, por ejemplo, se pondría en marcha de inmediato o lo antes posible, un calendario definitivo para la retirada, de acuerdo con la voluntad de una aplastante mayoría de los iraquíes y una mayoría muy significativa de los estadounidenses. Las prioridades de los presupuestos federales se invertirían prácticamente. Donde se está elevando el gasto, como en las partidas militares suplementarias para llevar a cabo las guerras en Irak y Afganistán, bajarían drásticamente. Donde el gasto se mantiene o baja (salud, educación, formación profesional, promoción de la conservación de energía y las fuentes de energía renovables, ayudas a veteranos, fondos para la ONU y las operaciones de paz de la ONU; etc..) aumentarían bruscamente. Los recortes de impuestos aplicados por Bush a personas con ingresos superiores a los 200.000 dólares al año serían abolidos inmediatamente. EE. UU.debería haber adoptado un sistema de Seguridad Social nacional desde hace tiempo, rechazando el sistema privado responsable del doble del coste per capita que en otras sociedades similares, y de algunos de los peores resultados del mundo industrializado. Debería haber rechazado lo que quienes prestan atención al tema consideran de forma abrumadora "ruina fiscal" en proceso.EE. UU.debería haber ratificado el Protocolo de Kyoto para reducir las emisiones de dióxido de carbono y haber tomado medidas más drásticas para proteger el medio ambiente. Debería haber permitido que la ONU liderase las crisis internacionales, incluida la de Irak. Después de todo, según las encuestas de opinión, desde poco después de la invasión de 2003, una gran mayoría de estadounidenses han querido que la ONU hubiese tomado el control de la transformación política, reconstrucción económica y del orden civil en ese territorio.



Si la opinión pública se tuviese en cuenta, EE. UU.hubiera aceptado las restricciones de la Carta de la ONU sobre el uso de la fuerza, contrarias al consenso bipartidista de que este país, por si solo, tiene el derecho a recurrir a la violencia en respuesta a amenazas potenciales, reales o imaginarias, incluyendo amenazas a nuestro acceso a mercados y materias primas.EE. UU.( y los demás ) renunciarían al veto en el Consejo de Seguridad y aceptarían la opinión de la mayoría incluso cuando está en contra.La ONU podría regular la venta de armas; mientras que EE. UU.recortaría dichas ventas e instaría a otros países a hacer lo mismo, lo que sería una importante contribución para la reducción a gran escala de la violencia en el mundo. Se haría frente al terrorismo con medios diplomáticos y medidas económicas, no mediante la fuerza, de acuerdo con la opinión de la mayoría de los especialistas en el tema y de nuevo, completamente en sentido contrario a la política actual.



Además, si la opinión pública tuviese influencia en la política, EE. UU.tendrían relaciones diplomáticas con Cuba, beneficiando a los ciudadanos de ambos países (y, al sector agropecuario de EE. UU., compañías de energía y demás ), en vez de estar casi solo en el mundo imponiendo un embargo (junto con Israel, la Republica de Palau y las Islas Marshall). Washington entraría en el amplio consenso internacional para el establecimiento de un acuerdo sobre dos estados en el conflicto entre Israel y Palestina, que (al lado de Israel) ha bloqueado durante 30 años, con excepciones temporales y aisladas, y que todavía bloquea de palabra, y más importante todavía, a pesar de sus fraudulentas alegaciones de su compromiso diplomático.Asimismo, EE. UU.igualaría la ayuda a Israel y Palestina, recortando la ayuda a cualquiera de las partes que rechazase el consenso internacional.


Pruebas de todos estos temas se analizan en mi libro Failed States y también en The Foreign Policy Disconnect de Benjamín Page (con Marshall Bouton), que también proporciona exhaustivas pruebas de que la opinión pública en temas de política exterior (y probablemente en la doméstica) tiende a ser coherente y consecuente durante largos periodos de tiempo. Los estudios sobre opinión pública tienen que considerarse con cuidado, pero ciertamente son muy sugestivos.


La promoción de la democracia en casa, aunque no sea una panacea, sería un paso muy útil para ayudar a que nuestro propio país sea una "parte responsable" en el orden internacional (adoptando el término utilizado por los adversarios), en vez de ser objeto de miedo y antipatía por la mayor parte del mundo. Además de ser un valor en sí mismo, una democracia que funciona en casa supone una promesa real para tratar constructivamente muchos temas actuales, internacionales y domésticos, incluyendo aquellos que literalmente amenazan la supervivencia de nuestras especies.


Noam Chomsky es el autor de Failed States: The Abuse of Power and the Assault on Democracy (Metropolitan Books), que acaba de publicarse en rústica, entre otros trabajos.


[Este artículo fue publicado primero en Tomdispatch. com, un weblog de Nation Institute, que ofrece un suministro continuo de fuentes alternativas, noticias y de opinión de Tom Engelhardt, durante largo tiempo editor y co-fundador de The American Empire Project y autor de "The End of Victory Culture" historia del triunfalismo norteamericano en la Guerra Fría, una novela "The Last Days of Publishing" y "Mission Unaccomplised" (Nation Books), primera colección de entrevistas de Tomdispatch.]

domingo, 20 de abril de 2008

RECURRIR AL MIEDO

Recurrir al miedo

Por Noam Chomsky

El recurso del miedo, empleado por los sistemas de poder para disciplinar a sus poblaciones ha dejado un horrible rastro de sangre derramada y dolor que, a nuestra costa, ignoramos. La historia reciente ofrece muchos ejemplos estremecedores.

A mediados del siglo veinte se presenciaron crímenes, tal vez los más terribles desde las invasiones mongólicas. Los más salvajes se cometieron donde la civilización occidental alcanzó su mayor esplendor. Alemania era el centro rector de las ciencias, las artes y la literatura, y otros logros memorables. Previamente a la Primera Guerra Mundial, antes de que la histeria antigermánica se avivase en el Oeste, los politólogos estadounidenses consideraban que Alemania era también un modelo de democracia digno de ser imitado en el Oeste. A mediados de la década del treinta, Alemania fue arrastrada en pocos años a un nivel de barbarie con escasos parangones históricos. Lo más notable es que esto ocurrió con el apoyo de los sectores de la población más educados y civilizados.

En sus extraordinarios diarios de vida como judío durante el nazismo (que escapó a las cámaras de gas casi por milagro), Victor Klemperer escribe estas palabras acerca de un profesor alemán amigo suyo al que había admirado mucho, y que finalmente se unió al montón: "Si un día la situación se invirtiera y el destino de los derrotados estuviera en mis manos, dejaría en libertad a toda la gente corriente e incluso a algunos de los líderes que quizás, después de todo, puede que hayan tenido buenas intenciones y no supieran lo que estaban haciendo. Pero colgaría a todos los intelectuales y a los profesores tres pies más alto que a los demás; estarían pendiendo de las farolas tanto tiempo como lo permitiera la higiene".


La reacción de Klemperer era justificada y generalizada a gran parte del registro histórico.

Son muchas las causas de los acontecimientos históricos complejos. Un factor crucial en este caso fue la hábil manipulación del miedo. La “gente común” fue arrastrada al miedo de una conspiración mundial judío-bolchevique que pondría en riesgo la mismísima supervivencia del pueblo alemán. Eran necesarias medidas extremas, en "defensa propia". Venerables intelectuales fueron aún más lejos.

Cuando las nubes de la tormenta nazi se cirnieron sobre el país en 1935, Martin Heidegger describió a Alemania como la nación "más amenazada" del mundo, presa entre las "grandes pinzas" de Rusia y Estados Unidos, en un ataque que era contra la civilización en sí misma, Alemania no sólo era la víctima principal de esta fuerza pavorosa y bárbara, sino que además era responsabilidad de Alemania, "la más metafísica de las naciones", encabezar la resistencia. Alemania estaba "en el centro del mundo occidental" y tenía que proteger la gran herencia de la Grecia clásica de la "aniquilación", confiando en las "nuevas energías espirituales que se desarrollan históricamente desde el centro". Las "energías espirituales" siguieron desarrollándose de forma muy evidente cuando Heidegger hizo público ese mensaje, al que él y otros destacados intelectuales continuaron adhiriéndose.


El paroxismo de la masacre y la aniquilación no terminó con el uso de armas que bien podrían haber llevado a las especies a un amargo final. No debería olvidarse que estas armas que extinguen especies las crearon las figuras más brillantes, humanas y mejor educadas de la civilización moderna, trabajando en aislamiento, y así la belleza del trabajo en el que estaban extasiados les encantó tanto que aparentemente prestaron muy poca atención a las consecuencias: importantes reclamos científicos contra las armas nucleares comenzaron en los laboratorios de Chicago, después de que hubieron terminado su rol en la creación de la bomba, no en Los Álamos, donde el trabajo siguió hasta su inexorable final. Que no es el final definitivo.


La versión oficial de la Fuerza Aérea de EE.UU.relata que tras el bombardeo de Nagasaki, cuando era seguro que Japón presentaría la capitulación incondicional, el General Hap Arnold "quería el final más grandioso posible", una incursión con 1000 aviones a plena luz del día sobre las ciudades japonesas indefensas. El último bombardero regresó a la base justo cuando se recibió formalmente el acuerdo de rendición incondicional. El jefe de la Fuerza Aérea, el general Carl Spaatz, hubiera preferido que el gran final fuera un tercer ataque nuclear sobre Tokio, pero se le disuadió. Tokio era un "blanco pobre", que ya había ardido con la tormenta de fuego que se ejecutó cuidadosamente en marzo y dejó unos 100.000 cadáveres calcinados, constituyendo uno de los peores crímenes de la historia.


Asuntos así se excluyen de los tribunales penales militares y en gran parte se borran de la historia. Hoy día apenas se conocen en algunos círculos de activistas y especialistas.En esa época eran públicamente ensalzados como un ejercicio legítimo de autodefensa contra un enemigo despiadado que había alcanzado el máximo nivel de infamia al bombardear las bases militares de EE.UU.en sus colonias de Hawai y Filipinas.

Vale la pena recordar que los bombardeos de Japón de diciembre de 1941 ("el día que quedará en la infamia", en palabras de FDR (Franklin D.Roosevelt)) estaban más que justificados según la doctrina de "defensa propia anticipada" que prevalece hoy entre los líderes de los autodenominados "Estados ilustrados", EE.UU.y su cliente británico.Los mandatarios japoneses sabían que Boeing estaba produciendo las Fortalezas Voladoras B-17, y estaban seguramente enterados de los debates públicos en EE.UU.que explicaban cómo (los B-17) se usarían para incendiar las ciudades de madera japonesas en una guerra de exterminio, volando desde las bases de Hawai y Filipinas ("arrasar el corazón industrial del Imperio mediante ataques con bombas a ese “montón de hormigueros de bambú", recomendó el General retirado de la Fuerza Aérea Chennault en 1949, una propuesta que "sencillamente encantó" al Presidente Roosevelt.Evidentemente, es una justificación mucho más poderosa para bombardear las bases militares de EE.UU.en las colonias que cualquiera inventada por Bush, Blair y sus socios cuando ejecutaron su "guerra preventiva", que fue aceptado, con reservas tácticas, por el grueso de la opinión establecida.


La comparación, de todas formas, es inoportuna. Los que habitan en un montón de hormigueros de bambú no tienen derecho a sentir emociones como el miedo. Tales sentimientos y preocupaciones son privilegios de los "ricos que viven en paz en sus moradas", según la retórica de Churchill, las "naciones satisfechas, que no deseaban nada más para ellas que lo que ya tenían", y, a quienes, por eso, se les “debía confiar el gobierno del mundo" para que haya paz; un cierto tipo de paz, en la que los ricos se verían libres del miedo.

Cuán libres del miedo deberían sentirse los ricos queda gráficamente revelado en el altamente valorado aprendizaje de las nuevas doctrinas de "autodefensa anticipada", artísticamente desarrolladas por los poderosos. La contribución más importante, con alguna profundidad histórica, la hace un destacado historiador contemporáneo, John Lewis Gaddis de la Universidad de Yale. Asegura que la doctrina de Bush viene directamente de su héroe intelectual, el gran estratega John Quincy Adams. En la paráfrasis que hace The New York Times, Gaddis "sugiere que el programa de Bush para luchar contra el terrorismo radica en la noble e idílica tradición de John Quincy Adams y Woodrow Wilson".


Podemos dejar de lado el vergonzoso historial de Wilson y quedarnos con los orígenes de la noble e idílica tradición que Adams estableció en un famoso documento de estado al justificar la conquista de Florida por Andrew Jackson en la Primera Guerra de los Seminolas, en 1818. Adams argumentó que la guerra estaba justificada en la defensa propia. Gaddis está de acuerdo en que sus motivos eran preocupaciones legítimas por la seguridad.Según la versión de Gaddis, después de que los británicos saquearan Washington en 1814, los líderes de EE.UU.reconocieron que la "expansión es el camino hacia la seguridad" y por eso conquistaron Florida, una doctrina que se ha expandido ahora por todo el mundo gracias a Bush (con toda propiedad, según él).


Gaddis cita las fuentes correctas, principalmente el historiador William Earl Weeks, pero omite lo que dicen. Se aprende mucho sobre los precedentes de las doctrinas y el consenso actuales sólo con prestar atención a lo que Gaddis omite. Weeks describe todos los detalles escabrosos de lo que Jackson hacía en la "exhibición de asesinatos y saqueos conocida como la Primera Guerra de los Seminolas", que no era más que otra fase en su proyecto de "alejar o eliminar a los nativos americanos del sudeste", en proceso mucho antes de 1814. Florida era un problema, tanto porque aún no había sido incorporada al imperio estadounidense en expansión, como porque era un "paraíso para los indios y los esclavos fugitivos ... que huían de la ira de Jackson o de la esclavitud".


De hecho hubo un ataque indio, que Jackson y Adams utilizaron como pretexto: las fuerzas estadounidenses expulsaron a un grupo de seminolas de sus tierras, mataron a algunos y quemaron su poblado hasta que no quedó nada. Los seminolas respondieron atacando un barco de abastecimiento bajo mando militar. Jackson aprovechó la oportunidad y "se embarcó en una campaña de terror, devastación e intimidación", destruyendo poblados y "fuentes de alimentación en un esfuerzo calculado para infligir hambrunas a las tribus, que se refugiaron de su ira en las ciénagas". Así siguieron las cosas, que desembocaron en el documento de Estado de Adams, tan elogiado, que apoyó la agresión inmotivada de Jackson para establecer en Florida "el predominio de esta república por sobre las odiosas bases de la violencia y el derramamiento de sangre".


Éstas son las palabras del embajador español, una "descripción dolorosamente precisa", escribe Weeks. Adams "había distorsionado, disfrazado y mentido conscientemente sobre los objetivos y la conducta de la política exterior estadounidense ante el Congreso y el pueblo", continúa Weeks, violando groseramente sus proclamados principios morales, "defendiendo implícitamente la exterminación india, y la esclavitud". Los crímenes de Jackson y Adams "probaron ser un preludio de la segunda guerra de exterminación contra los seminolas", en la que los supervivientes huyeron al oeste, donde más tarde correrían la misma suerte, "o les asesinarían, o serían forzados a refugiarse en las densas ciénagas de Florida". Hoy, concluye Weeks, "los seminolas sobreviven en la conciencia nacional como la mascota de la Universidad Estatal de Florida", un caso típico e instructivo...


...El marco retórico se sustenta en tres pilares (Weeks): "la suposición de la virtud moral única de Estados Unidos, la afirmación de su misión de redimir al mundo" difundiendo sus ideales declarados y el "estilo de vida americano", y la fe en el "destino manifiesto" de la nación. El marco teológico suprime el debate razonado y reduce los asuntos políticos a elegir entre el Bien y el Mal, y por lo tanto reduce la amenaza a la democracia. Se rechaza a los críticos por "antiamericanos", un concepto interesante que se tomó prestado del vocabulario totalitarista. Y la población ha de acurrucarse bajo el paraguas del poder, por miedo a que su forma de vida y su destino estén bajo peligro inminente...